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domingo, 30 de septiembre de 2012

I. LA ESPIRITUALIDAD LAICAL




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I. LA ESPIRITUALIDAD LAICAL

JMP









I.   ANTECEDENTES

II.  ESPIRITUALIDAD.

III. ESPIRITUALIDAD LAICAL CONCILIO VATICANO 


II.  CELAM: PUEBLA, SANTO DOMINGO Y APARECIDA.

IV. RASGOS FUNDAMENTALES DE LA 


ESPIRITUALIDAD LAICAL.

V. COMPROMISO LAICAL A LA LUZ DE PUEBLA, 


SANTO DOMINGO Y APARECIDA.

VI.  CAMBIOS DE ESTRUCTURAS Y CONVERSIÓN


VII. SINODO DE LOS OBISPOS. "LA NUEVA 


EVANGELIZACIÓN Y LA TRANSMISIÓN DE LA FE"


VIII. TRAS EL SINODO DE LOS OBISPOS.

______________________________________________________



I. ANTECEDENTES




El camino de la nueva evangelización al igual que la nueva concepción de la misión de los laicos en la evangelización comenzó a desarrollarse fuertemente después del Concilio Vaticano II, ésta era fundamentalmente la inquietud que tenía el beato -hoy santo- Juan XXIII quien 11/10/1962 declara la apertura del Concilio Vaticano II.




Y, que luego, después de su muerte, lleva a cabo Pablo VI, al convocar, -27/6/1963-, la segunda etapa conciliar abierta el 29 de septiembre.




El 18 de noviembre de 1965 Pablo VI promulga el Decreto “Apostolicam actuositatem” Decreto sobre el Apostolado de los seglares. Y,  sobre todo, pasados unos años, con su Exhortación Apostólica "Evangelii Nuntiandi" del 8 de diciembre de 1965.




Posteriormente, el beato -hoy santo- Juan Pablo II profundizó el tema en la III Conferencia  General del Episcopado Latinoamericano, CELAM de PUEBLA, el 9 de marzo de 1983; en la Exhortación Apostólica  Post-Sinodal "Christifideles Laici" sobre la vocación y Misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. del 30 de diciembre de 1988; y, en la  IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano CELAM, de SANTO DOMINGO, el 22 de noviembre de 1992.

Finalmente, Benedicto XVI lo reafirma en la V Conferencia General del Episcopado Latino americano, CELAM, de  APARECIDA, el






II. ESPIRITUALIDAD



Actualmente ya no es posible confundir espiritualidad con la religiosidad. La religiosidad se refiere a diversos "actos de piedad" practicados para favorecer la unión con Dios. El no tener bien claro esta diferencia hace que se considere que quien cumple con los actos de Piedad tiene una gran espiritualidad y esto evidentemente no es así.

En efecto, espiritualidad viene del espíritu. Por tanto, es tener vivo el Espíritu de Dios dentro de nosotros.  Es hacer realidad  aquello de "Ser templos vivos del Espíritu" Pero no templos en ruinas sino templos donde Dios pueda vivir haciendo que nosotros lo vivamos y podamos decir como San Pablo "No soy yo quien vive. Es cristo quien vive en mí" (Gal. 20).


En el Evangelio, Jesús, hace referencia casi constantemente a la Venida del Espíritu Santo: cuando fuera al Padre vendría el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo completaría la obra, finalizaría la obra que El había comenzado. No le preocupaba demasiado  que los apóstoles no entendieran muchas cosas porque el Espíritu Santo vendría y los convencería profundamente de la verdad que ya les estaba enseñando.


Para Jesús hay algo mucho más importante  en esto, la misma Venida del Espíritu Santo que va a dar eficacia absoluta en la actividad de los apóstoles y en la misma Iglesia que se iniciaba con ellos.

Por tanto, es desde después de la Resurrección que Cristo envía el Espíritu Santo. En lo sucesivo el Espíritu Santo será el encargado de fecundar la historia. Haciendo Iglesia y como consecuencia de ese hacer a la Iglesia impulsarla a ser en la historia.

Así, el Espíritu Santo causa y modela en cada cristiano una "creatura nueva" San Pablo lo llama "nueva creación, el que vive en Cristo es una nueva creación.

Este ser nuevo que por el Bautismo es el cristiano, es así porque ha renacido, y ha renacido para amar a Dios y a amar a los demás como Cristo, y, por tanto, a la manera de Cristo.




Podemos decir, por consiguiente, que la Espiritualidad Cristiana es VIVIR, es VIVIR AQUI Y AHORA LA FE, LA ESPERANZA Y LA CARIDAD.

Tenemos capacidad real para vivirlas que infundió el Espíritu Santo en nuestro SER NUEVO por el Bautismo.  Es decir, tenemos capacidad para HACER EL REINO, YA, EN LO TEMPORAL.  Hacer el Reino yá en lo temporal  CONDUCIENDO TODO A CRISTO, A LA PLENITUD DE CRISTO.

Obedeciendo su voluntad, concretamos la realización de un hombre revelado en el modelo de Cristo, modelo perfecto.

Así el hombre libre para la comunión, es la definición más profunda de la libertad del hombre. Eso significa:

Un hombre libre para la comunión con Dios, siendo verdaderamente su Hijo;

Un hombre libre para la comunión con los demás seres personales, siendo verdaderamente Hermano;

Un hombre libre para la comunión con las cosas, siendo de las mismas auténtico señor, auténtico dueño conforme al Plan Divino. Eso significa HACER EL REINO. YA





De ahí, que SER CRISTIANO ES SER CONSTRUCTOR DEL REINO EN LA HISTORIA. Ser protagonista activo de la historia. Por eso el cristiano que no construye el Reino "en la historia" no es cristiano, está negando su ser cristiano.

Por obra de la Gracia y el Bautismo toda esta realidad es un deber y un derecho de todos los cristianos.

Ello así, porque en la vida espiritual el común denominador de todas las personas, órdenes y estados es la VIVENCIA DE LO FUNDAMENTAL CRISTIANO.

Es común a todos los cristianos porque no hay dos Cristos, sino uno solo y así no hay dos cristianismos, ni dos evangelios, ni dos mandamientos del amor.

Y, no obstante, ser distintos los modos de vivir y proyectar la vida del espíritu, según las circunstancias, situaciones, dificultades, riesgos, compromisos, motivos, inspiraciones, actos y actitudes en que unas y otras personas y grupos eclesiales viven el cristianismo, todos conforman la Iglesia, Pueblo de Dios.



En este sentido, el Concilio Vaticano II dice: que en ese Pueblo de Dios encontramos una  "igualdad de dignidad". Así   "todos de distinta maneras"pero todos estamos capacitados, en virtud de la pluralidad de la Gracia Sacramental y de los carismas que el Espíritu Santo nos infunda para esas distintas maneras de ser Pueblo de Dios y de actuar en la historia como Pueblo de Dios.

El nacimiento y crecimiento de ese Pueblo de Dios incluye una CONVOCACIÓN DE TODOS LOS QUE ESTABAN "DISPERSOS" y el establecimiento de la UNIDAD DE MISIÓN QUE ES FUNDAMENTAL y que Cristo la cumple primero, la de proclamar al mundo la novedad maravillosa que Dios ama a todos los hombres verdadera y eficazmente.

Dejemos entonces bien en claro que la DIVERSIDAD ES PROVIDENCIAL QUE DIOS LA QUIERE Y ES ABSOLUTAMENTE NECESARIA PARA LA UNIDAD.

Esto encaja perfectamente con la doctrina Paulina sobre PLURALIDAD DE CARISMAS, PLURALIDAD DE FUNCIONES Y DE MISIONES, PERO UNIDAD DEL CUERPO, PARA LA UNIDAD DEL TODO.

DIVERSIDAD que expone capacidades diversas que convergen a la única actividad absolutamente importante: EL AMOR o LA CARIDAD, vale decir, LA COMUNIÓN CON DIOS Y LOS DEMÁS HOMBRES Y EL REINO DE DIOS.






III. ESPIRITUALIDAD LAICAL
 CVII - CELAM:  PUEBLA - STO.DOMINGO - APARECIDA




Sunflower Sunset - John Frish   

Hasta ahora hemos visto la espiritualidad cristiana en sentido general.

Genéricamente comprende a todos los que integramos el Pueblo de Dios, sacerdotes, religiosos y laicos, que si bien como queda dicho tienen distintos carismas, distintas vocaciones y distintas misiones que cumplir como miembros de la Iglesia, cabe preguntarse si hoy los laicos podemos pretender una Espiritualidad propia?.

Si podemos pretender una espiritualidad, un modo de vivir  la Esperanza y la Caridad, tan específicamente nuestra que sea completamente distinta de los sacerdotes y religiosos o sea algo exclusivo y propio de los laicos.

La verdad es que durante mucho tiempo los laicos fuimos considerados un poco como cristianos de segunda o de tercera categoría.

La concepción eclesial era que sacerdotes y religiosos constituían básicamente la Iglesia y que el camino de la perfección, el camino de la santidad se daba particularmente en esos estados y que para el laico era o imposible o sumamente difícil. 

Por eso es natural y lógico que durante mucho tiempo los laicos no tuviéramos una espiritualidad propia específicamente nuestra, hemos vivido de espiritualidades prestadas, de espiritualidades más o menos acomodadas a nuestro ser de laicos.

Así vemos que había una Espiritualidad para los laicos Franciscana, o Jesuítica o Domínica, de las cuales su expresión más cabal son las terceras órdenes, situación intermedia, no eramos ni laicos ni religiosos.

A los religiosos sólo se les ocurría transmitirnos como formas de espiritualidad algunas adaptaciones de lo que para ellos era su vida en el espíritu.

Entonces teníamos unas devociones o vida sacramental  y acciones de caridad y de amor pero nunca vinculadas con nuestras vidas cotidianas, nunca con relación al TRABAJO,  la FAMILIA, LAS DIVERSIONES.

La Espiritualidad era una cosa que debíamos agregarla a nuestra vida ordinaria y entonces la vida de Fe, Esperanza y Caridad muchas veces se transformaba en una cuestión de tener tiempo o no tener tiempo. Es decir, había por ello, UN DIVORCIO ENTRE FE Y VIDA. TODO ESTO HA QUEDADO SUPERADO.

Tanto el Concilio Vaticano II como Medellín, Puebla, Santo Domingo y últimamente Aparecida señalan que el EL LAICO NO DEBE IMITAR LA VIDA Y LA ESPIRITUALIDAD  DE LOS SACERDOTES,  cada uno debe tener la suya propia y la Espiritualidad Laical deberá ser laical. Ni el laico debe invadir el campo propio del sacerdote ni el sacerdote, religioso o religiosa invadir el campo propio del laico, por ejemplo cuando un sacerdote se enrola en alguna corriente política pasa a ser partidario de una ideología y se aleja de su función específica que, más bien es la de iluminar a luz de Fe, la política y la actividad que en ese orden puedan desarrollar los laicos.



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Por ello el laico cristiano realizará su SER Y ACTUAR en tres planos:

a) COMO HIJO DE DIOS, buscando su meta, la casa del Padre.

b) COMO HERMANO DE LOS HOMBRES, viviendo la COMUNIÓN PARTICIPACIÓN en toda su vida, aún en su dimensión económica, social y política, y COMPROMETERSE  a nivel personal y de estructuras;

c) COMO SEÑOR DEL MUNDO, poniéndolo al servicio del hombre y propiciando la acción del espíritu Santo hasta las mismas leyes y estructuras

Asimismo la realización del SER  y el ACTUAR DEL LAICO exige una Espiritualidad cuyas dimensiones esenciales Puebla resume así:

a) que el laico no HUYA DE LAS REALIDADES TEMPORALES PARA BUSCAR A DIOS sino  que PERSEVERE, PRESENTE Y ACTIVO, en medio de ellas y allí encuentre al Señor;

b) dé a tal presencia y actividad una inspiración de Fe, Esperanza y caridad;

c) por la luz de la fe, descubra en esa realidad la presencia del Señor;

d) en medio de su misión, a menudo conflictiva y llena de tensiones para su fé busque renovar su identidad cristiana en contacto con la Palabra de Dios, la Eucaristía, los sacramentos y la oración.(DP.789)

Esto significa que la vida del seglar debe ser la de AMAR, amar a su mujer, a su marido, a sus hijos, al prójimo, la cocina, la fábrica, el despacho, la oficina, el taller, la escuela,  en suma TODA LA OBRA DEL CREADOR.

Y estará MAS CERCA DE DIOS, cuanto más cerca de ellos esté.

SERVIRÁ MAS A DIOS, CUANTO MAS LOS SIRVA. Y AMARÁ MAS A DIOS CUANTO MAS LOS AME.

Es que como hemos dicho, la VOLUNTAD DE DIOS, es que AMEMOS  y que en todas las cosas temporales demostremos que AMAMOS A DIOS, AMANDO LO QUE EL AMA. Así estaremos cumpliendo con nuestra misión de instaurar el Reino de Dios entre los hombres

De manera que, la misión del laico encuentra su raíz y significación en su ser más profundo que el Concilio Vaticano II lo señala expresamente  -El Bautismo y la confirmación incorporan a Cristo y lo hacen miembro de la Iglesia. - Participa, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo y ejerce en su condición propia.

La fidelidad y la coherencia con las riquezas y exigencias de su ser le dan su identidad de HOMBRE DE IGLESIA EN EL CORAZÓN DEL MUNDO Y DE HOMBRE DEL MUNDO EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA. (LG. Cap. IV), (DP.786).

<La espiritualidad cristiana -dice Juan Pablo II- tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro>, de tal manera que a través de una asiduidad que podríamos llamar a"amistosa" lleguemos hasta el punto de <respirar sus sentimientos>.




En la Exhortación Apostólica Post-Sinodal  "Christifideles laci" san Juan Pablo II, señala que con justa razón los padres sinodales afirmaron la necesidad de individuar y de proponer una descripción positiva de la vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del Magisterio y de la experiencia misma guiada por el Espíritu Santo.

El CVII, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención fundamental al afirmar "la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio y el carácter peculiar de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de "buscar el Reino de Dios tratando la realidades temporales ordenándolas según Dios".

Con el nombre de laicos --así lo describe la Constitución Lumen gentium-- se designan aquí todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden sagrado y los de estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos le corresponde" `(LG. 31).

Pío XII: "los laicos deben tener conciencia cada vez más clara, no solo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser Iglesia. Ellos son Iglesia". (Pio XII, Discurso a la Cardenales (20 de febrero de 1946, AAS.38 (1946) 149. (ChL 9)

Así, los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, al ser bautizados están unidos a Jesucristo y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades. (LG.34), (ChL.14).

La participación en el oficio profético de Cristo "que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida el poder de la palabra”.   (LG.35) habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía". (Chr.Fid..14).

Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada,

a) mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado. (Cf.Rm 6, 12); y después
b) en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad al mismo Jesús presente en  todos sus hermanos, especialmente en los más pobres.(cf. Mt 25, 40) (Chr.Fid.14).





                                                                   
                                     PUEBLA


Juan Pablo II 





III Conferencia General del Episcopado  

Latinoamercino, CELAM - PUEBLA





Juan Pablo II inaugura la III Conf.CELAM. Puebla


Posteriormente, Juan Pablo II profundizó el tema y en la  IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, CELAM, de SANTO DOMINGO señaló en su Discurso Inaugural:

La nueva evangelización es la idea central de toda la temática de esta Conferencia.


    Aurora boreal - Jeff Wallace

Desde mi encuentro en Haití con los Obispos del CELAM en 1983 he venido poniendo particular énfasis en esta expresión, para despertar así un nuevo fervor y nuevos afanes evangelizadores en América y en el mundo entero; esto es, para dar a la acción pastoral “un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización, en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y en el poder perennes de Pentecostés”(Evangelii Nuntiandi, 2).

La nueva evangelización no consiste en un “nuevo evangelio”, que surgiría siempre de nosotros mismos, de nuestra cultura, de nuestros análisis de las necesidades del hombre.

Por ello, no sería “evangelio”, sino mera invención humana, y no habría en él salvación. Tampoco consiste en recortar del Evangelio todo aquello que parece difícilmente asimilable para la mentalidad de hoy.

No es la cultura la medida del Evangelio, sino Jesucristo la medida de toda cultura y de toda obra humana. No, la nueva evangelización no nace del deseo “de agradar a los hombres” o de “buscar su favor” (Gál 1,10), sino de la responsabilidad para con el don que Dios nos ha hecho en Cristo, en el que accedemos a la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y a la posibilidad de la vida verdadera.

La nueva evangelización tiene, como punto de partida, la certeza de que en Cristo hay una “inescrutable riqueza” (Ef 5,8), que no agota ninguna cultura, ni ninguna época, y a la cual podemos acudir siempre los hombres para enriquecernos (cf. Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Declaración final, 3).

Esa riqueza es, ante todo, Cristo mismo, su persona, porque Él mismo es nuestra salvación.




Los hombres de cualquier tiempo y de cualquier cultura podemos, acercándonos a Él mediante la fe y la incorporación a su Cuerpo, que es la Iglesia, hallar respuesta a esas preguntas, siempre antiguas y siempre nuevas, con las que los hombres afrontamos el misterio de nuestra existencia, y que llevamos indeleblemente grabadas en nuestro corazón desde la creación y desde la herida del pecado.(Disc.Inaug.6)

La novedad no afecta al contenido del mensaje evangélico que es inmutable, pues Cristo es “el mismo ayer, hoy y siempre”. Por esto, el evangelio ha de ser predicado en plena fidelidad y pureza, tal como ha sido custodiado y transmitido por la Tradición de la Iglesia.

Evangelizar es anunciar a una persona, que es Cristo. En efecto, no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios (Evangelii nuntiandi, 22).

Por eso, las cristologías reductivas, de las que en diversas ocasiones he señalado sus desviaciones (cf. Discurso Inaugural de la Conferencia de Puebla, 28 de enero 1979, 1,4), no pueden aceptarse como instrumentos de la nueva evangelización.

Al evangelizar, la unidad de la fe de la Iglesia tienen que resplandecer no sólo en el magisterio auténtico de los Obispos, sino también en el servicio a la verdad por parte de los pastores de almas, de los teólogos, de los catequistas y de todos los que están comprometidos en la proclamación y predicación de la fe.

A este respecto, la Iglesia estimula, admira y respeta la vocación del teólogo, cuya “función es lograr una comprensión cada vez más profunda de la palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia” (Instrucción de la Congregación para la doctrina de la Fe sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 de mayo 1990, 6);

Esta vocación, noble y necesaria, surge en el interior de la Iglesia y presupone la condición de creyente en el mismo teólogo, con una actitud de fe que él mismo debe testimoniar en la comunidad. 

“La recta conciencia del teólogo católico supone consecuentemente la fe en la Palabra de Dios (…) el amor a la Iglesia de la que ha recibido su misión y el respeto al Magisterio asistido por Dios” (Ibid., 38). La teología está llamada pues a prestar un gran servicio a la nueva evangelización.(Disc.Inaug. 7).

Ciertamente es la verdad la que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Pero no podemos por menos de constatar que existen posiciones inaceptables sobre lo que es la verdad, la libertad, la conciencia.

Se llega incluso a justificar el disenso con el recurso “al pluralismo teológico, llevado a veces hasta un relativismo que pone en peligro la integridad de la fe”.

No faltan quienes piensan que “los documentos del Magisterio no serían sino el reflejo de una teología opinable” (Ibid., 34); y “surge así una especie de «magisterio paralelo» de los teólogos, en oposición y rivalidad con el Magisterio auténtico” (ibid.).

Por otra parte, no podemos soslayar el hecho de que las “actitudes de oposición sistemática a la Iglesia, que llegan incluso a constituirse en grupos organizados”, la contestación y la discordia, al igual que “acarrean graves inconvenientes a la comunión de la Iglesia”, son también un obstáculo para la evangelización (cf. Ibid., 32).

La confesión de fe «Jesucristo ayer, hoy y siempre» de la Carta a los Hebreos —que es como el telón de fondo del tema de esta IV Conferencia— nos lleva a recordar las palabras del versículo siguiente: «No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas» (Heb 13,9). Vosotros, amados Pastores, tenéis que velar sobre todo por la fe de la gente sencilla que, de lo contrario, se vería desorientada y confundida. (Disc.Inaug. 8)

La novedad de la acción evangelizadora  a que hemos convocado afecta a la actitud, al estilo, al esfuerzo y a la programación o, como propuse en Haití, al ardor, a los métodos y a la expresión. (cf. Discurso a los Obispos del CELAM, 9 de marzo 1985).

Una evangelización nueva en su ardor supone una fe sólida, una caridad pastoral intensa y una recia fidelidad que, bajo la acción del Espíritu, generen una mística, un incontenible entusiasmo en la tarea de anunciar el Evangelio.

En lengüaje neotestamentario es la «parresía» que inflama el corazón del apóstol (cf. Hch 5,28-29; cf. Redemptoris missio, 45). Esta «parresía» ha de ser también el sello de vuestro apostolado en América.


Nada puede haceros callar, pues sois heraldos de la verdad. La verdad de Cristo ha de iluminar las mentes y los corazones con la activa, incansable y pública proclamación de los valores cristianos.









                                         SANTO DOMINGO




En las conclusiones los Obispos señalan que hablar de Nueva Evangelización no significa que la anterior haya sido inválida, infructuosa o de poca duración.

Significa que hoy hay desafíos nuevos, nuevas interpelaciones que se hacen a los cristianos y a las cuales es necesario responder.

Tampoco significa proponer un nuevo Evangelio diferente del primero: hay un solo y único Evangelio del cual se pueden sacar luces para los problemas nuevos.

Hablar de Nueva Evangelización no quiere decir reevangelizar. En América Latina no se trata de prescindir de la primera evangelización sino de partir de los ricos y abundantes valores que ella ha dejado para profundizarlos y complementarlos, corrigiendo las deficiencias anteriores .

La Nueva Evangelización surge en América Latina como respuesta a los problemas que presenta la realidad de un continente en el cual se da un divorcio entre fe y vida hasta producir clamorosas situaciones de injusticias, desigualdad social y violencia. Implica afrontar la grandiosa tarea de infundir energías al cristianismo de América Latina.




Para Juan Pablo II la Nueva Evangelización es algo operativo, dinámico. Es ante todo una llamada a la conversión. (cf. Juan Pablo II, Discurso Inaugural 1) y a la esperanza, que se apoya en las promesas de Dios y que tiene como certeza inquebrantable la Resurrección de Cristo, primer anuncio y raíz de toda evangelización, fundamento de toda promoción humana, principio de toda auténtica cultura cristiana (cf. Ib., 25).

Es también, un nuevo ámbito vital, un nuevo Pentecostés (cf. Ib., 30 31) donde la acogida del Espíritu Santo hará surgir un pueblo renovado constituido por hombres libres conscientes de su dignidad (cf. Ib., 19) y capaces de forjar una historia verdaderamente humana.

Es colocar el conjunto de medios, acciones y actitudes aptos para colocar  el Evangelio en diálogo activo con la modernidad y lo post-moderno, sea para interpelarlos o para dejarse interpelar por ellos. También es el esfuerzo por inculturar el Evangelio en la situación actual de las culturas de nuestro continente.(cf. Conclusiones-Segunda parte, 24)




El "sujeto" de la Nueva Evangelización es toda la comunidad eclesial según su propia naturaleza; nosotros los Obispos, en comunión con el Papa, nuestros presbíteros y diáconos, los religiosos y religiosas, y todos los hombres y mujeres que constituimos el Pueblo de Dios.(Cf.Conclusiones-Segunda parte 25)

La Nueva Evangelización tiene como primordial "finalidad" formar hombres y comunidades maduras en la fe y dar respuesta a la nueva situación que vivimos, provocada por los cambios sociales y culturales de la modernidad.

Ha de tener en cuenta la urbanización, la pobreza y la marginación.

Nuestra situación está marcada por el materialismo, la cultura de la muerte, la invasión de las sectas y propuestas religiosas de distintos orígenes. 

Esta situación nueva trae consigo también "nuevos valores", el ansia de solidaridad, de justicia, de búsqueda religiosa y la superación de ideologías totalizantes.

"Destinatarios" de la Nueva Evangelización son también las clases medias, los grupos, la poblaciones, los ambientes de vida u de trabajo, marcados por la ciencia, la técnica y los medios de comunicación social.

La Nueva Evangelización tiene la "tarea" de suscitar la adhesión a Jesucristo y a la Iglesia de cristianos hombres y mujeres bautizados que viven sin energía el cristianismo, "han perdido el sentido de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio (RMI 33).(Cf.Conclusione-segunda parte 26).

El "contenido" de la Nueva Evangelización es Jesucristo, Evangelio del Padre, que anunció con gestos y palabras que Dios es misericordioso con todas sus creaturas, que ama al hombre con un amor sin límites y ha querido entrar en su historia  por medio de Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, para liberarnos del pecado y de todas sus consecuencias y para hacernos partícipes de su vida divina (cf. Juan Pablo II, Homilía en Veracruz, México, 7.5.90).

Esta  Evangelización tendrá fuerza renovadora

a) en la fidelidad a la Palabra de Dios
b) su lugar de acogida en la comunidad eclesial,
c) su aliento creador en el Espíritu Santo que crea en la unidad y en la diversidad, alimenta la riqueza carismática y ministerial que crea en la unidad y en la diversidad, alimenta la riqueza carismática y ministerial y se proyecta al mundo mediante el compromiso misionero (Sto.Dgo.Conclusiones 2da.parte 27)


Nuevos métodos. Lengüaje accesible.

Por otra parte, los nuevos tiempos exigen que el mensaje cristiano llegue al hombre de hoy mediante nuevos métodos de apostolado; y que sea expresado en lenguaje y formas accesibles al hombre latinoamericano, necesitado de Cristo y sediento del Evangelio:

¿Cómo hacer accesible, penetrante, válida y profunda la respuesta al hombre de hoy, sin alterar o modificar en nada el contenido del mensaje evangélico?

¿cómo llegar al corazón de la cultura que queremos evangelizar?

¿cómo hablar de Dios en un mundo en el que está presente un proceso creciente  secularización?(Disc.Inaug. 10)

¿Cómo debe ser esta Nueva Evangelización?
El Papa nos ha respondido: Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión.


Nueva en su ardor.

Jesucristo nos llama a renovar nuestro ardor apostólico. Para esto envía su Espíritu, que enciende hoy el corazón de la Iglesia.

El ardor apostólico de la Nueva Evangelización brota de una radical conformación con Jesucristo, el primer evangelizador. Así, el mejor evangelizador es el santo, el hombre de las bienaventuranzas (cf. RMi 90-91).

Una evangelización nueva en su ardor supone una fe sólida, una caridad pastoral intensa y una recia fidelidad que, bajo la acción del Espíritu, genere una mística, un entusiasmo incontenible en la tarea de anunciar el Evangelio y capaz de despertar la credibilidad para acoger la Buena Nueva de la Salvación.(SD.Conclusiones 2da parte 28)


Nueva en sus métodos.

Nuevas situaciones exigen nuevos caminos para la evangelización. El testimonio y el encuentro personal, la presencia del cristiano en todo lo humano, así como la confianza en el anuncio salvador de Jesús (kerygma) y en la actividad del Espíritu Santo, no pueden faltar.(Ibidem 28)

Se ha de emplear, bajo la acción del Espíritu creador, la imaginación y creatividad para que de manera pedagógica y convincente el Evangelio llegue a todos.

Ya que vivimos en una cultura de la imagen, debemos ser audaces para utilizar los medios que la técnica y la ciencia nos proporcionan, sin poner jamás en ellos toda nuestra confianza.

Por otra parte es necesario utilizar aquellos medios que hagan llegar el Evangelio al centro de la persona y de la sociedad, a las raíces mismas de la cultura y «no de una manera decorativa, como un barniz superficial» (EN 20).(Ibidem 29)


Nueva en su expresión.

Jesucristo nos pide proclamar la Buena Nueva con un lenguaje que haga más cercano el mismo Evangelio de siempre a las nuevas realidades culturales de hoy.

Desde la riqueza inagotable de Cristo, se han de buscar las nuevas expresiones que permitan evangelizar los ambientes marcados por la cultura urbana e inculturar el Evangelio en las nuevas formas de la cultura adveniente.

La Nueva Evangelización tiene que inculturarse más en el modo de ser y de vivir de nuestras culturas, teniendo en cuenta las particularidades de las diversas culturas, especialmente las indígenas y afroamericanas. (Urge aprender a hablar según la mentalidad y cultura de los oyentes, de acuerdo a sus formas de comunicación y a los medios que están en uso).

Así, la Nueva Evangelización continuará en la línea de la encarnación del Verbo. La Nueva Evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser coherente con el Concilio.

Lo toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación universal.(Ibidem 30)


Secularismo

"Hoy la fe sencilla de Latinoamérica sufre el embate de la secularización , con el consiguiente debilitamiento de los valores religiosos y morales. en los ambientes urbanos crece una modalidad cultural que, confiando sólo en la ciencia y en los avances de la técnica, se presenta, como hostil a la fe.

Se transmiten unos,   --modelos-- de vida en contraste con los valores del evangelio. Bajo la presión del secularismo, se llega a presentar a la fe como si fuera una amenaza a la libertad y autonomía del hombre." (Disc.Inaug. 11)

En otros términos como señala Benedicto XVI: "en un mundo que cambia la necesidad de la nueva evangelización se ha hecho aún más patente; el evangelio debe expresarse con formas nuevas.

En el mundo hay una situación común: la secularización, la ausencia de Dios y la dificultad de verlo como una realidad que no nos concierne.

En el contexto de la moderna racionalidad, podemos volver a descubrir a Dios como orientación fundamental de la vida y la esperanza, y de los valores sobre los  que se asienta la sociedad.

Creo que es muy importante anunciar que Dios corresponde a nuestra razón. Por otra parte, hay que tener en cuenta la realidad concreta. 

En América Latina generalmente, se debe considerar que el cristianismo no ha sido tanto algo ligado a la razón como al corazón.

Ahora bien, ésta intuición del corazón debe ligarse con la racionalidad de la fe y con la profundidad de la fe que vá más allá de la razón. 

No tenemos que perder el corazón, sino unir corazón y razón solo así el ser humano es completo".(Tradicional Conferencia de prensa durante el vuelo de Roma a  México- sabado 24 de marzo de 2012).


Ideologías: niegan la verdad sobre Dios y el hombre

Sin embargo, no podemos  olvidar que la historia reciente ha mostrado que cuando, al amparo de ciertas ideologías, se niegan la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, se hace imposible construir una sociedad con rostro de rostro humano. con la caída de los regímenes del llamado "socialismo real" en Europa oriental cabe esperar que también en este continente se saquen las deducciones pertinentes en relación con el valor efímero de tales ideologías.

La crisis del colectivismo marxista no ha tenido sólo raíces económicas. como he puesto de relieve en la Enciclíca Centesimus annus (n. 41), pués la verdad sobre el hombre está íntima y necesariamente ligada a la verdad sobre Dios".


Respuesta integral: pronta, ágil

La nueva evangelización ha de dar, pués una respuesta integral, pronta ágil, que fortalezca la fe católica, en sus verdades fundamentales, en sus dimensiones individuales, familiares y sociales.(Disc.Inaug. 11)


Sectas y movimientos "pseudo-espirituales". Avance. Causas

"El avance de la sectas pone de relieve un vacío pastoral. Su causa está frecuentemente en la falta de formación. lo cual mina la identidad cristiana y hace que grandes masa de católicos sin una atención religiosa adecuada -entre otras razones- por falta de sacerdotes-, queden a merced de campañas de proselitismo sectario muy activa.

Pero también puede suceder que los fieles no hallen en los agentes de pastoral aquel fuerte sentido de Dios que ellos deberían transmitir en sus vidas.

"Tales situaciones puede ser ocasión de que muchas personas pobres sencillas, -como por desgracia está ocurriendo- se conviertan en fácil presa de las sectas, en las que buscan un sentido religioso de la vida que quizás no encuentran quienes se lo tendrían que ofrecer a manos llenas" (Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, 20).(Disc.Inaug. 12)


Promoción humana

La promoción humana ha de ser consecuencia lógica de la evangelización, la cual  tiende a la liberación integral de la persona (cf. Evangelii Nuntiandi, n.29-39).

La preocupación por lo social -forma parte de la misión evangelizadora (Sollitudo rei socialis, 41) y es también "parte esencial del mensaje cristiano (Centesimus annus, 5).

El Concilio Vaticano II afirma en la Constitución pastoral Gaudium er Spes que el problema de la promoción humana no se puede considerar al margen de la relación del hombre con Dios (cf.nn. 43,45).

Contraponer la promoción auténticamente humana y el proyecto de Dios sobre la humanidad es una grave distorsión, fruto de la mentalidad de inspiración secularista.

La genuina promoción humana ha de respetar siempre la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, los derechos de Dios y los derechos del hombre.(Discurso Inaugural de Juan Pablo II, CELAM,Sto,Domingo 13).

Benedicto XVI en la tradicional conferencia de prensa --antes citada-- en oportunidad de su viaje a México y Cuba una periodista mexicana observó que América Latina sigue siendo una región de enormes contrastes sociales, y que a veces parece que a la Iglesia católica no se le aliente lo suficiente para comprometerse.

El Santo Padre respondió: “Naturalmente la Iglesia debe siempre preguntarse si se hace lo bastante por la justicia social en este gran continente -respondió el pontífice-.

Es una cuestión de conciencia que debemos plantearnos constantemente (...) ¿Que debe hacer la Iglesia ? ¿Que no puede y no debe hacer?

La Iglesia no es un poder político, no es un partido, sino una realidad moral, un poder moral (…) Repito cuanto he dicho ya: el primer pensamiento de la Iglesia es educar las conciencias, y de ese modo crear la responsabilidad necesaria.

Educar las conciencias sea en la ética individual que en la pública. En este sentido, quizás, haya carencias. En América Latina y en otros lugares, algunos católicos están aquejados de una especie de 'esquizofrenia' entre moral individual y pública (…)

Hay que educar a superarla, educar no solamente a una moral individual, sino a una moral pública, y servirse para ello de la Doctrina Social de la Iglesia , porque, naturalmente, esta moral pública debe ser una moral racional, compartida también por los no creyentes, una moral de la razón.

Efectivamente, nosotros, a la luz de la fe, podemos ver mejor tantas cosas que también la razón puede ver, pero la fe sirve también para liberar de los intereses falsos que oscurecen la razón y, así, crear con la doctrina social los modelos substanciales de la política y (…) superar esas divisiones”.

Por último, el Santo Padre respondió a una pregunta sobre la nueva evangelización en el continente latinoamericano a la luz de la Conferencia de Aparecida:

“El camino de la nueva evangelización comenzó con el Concilio Vaticano II, era ésta fundamentalmente la intención del beato Juan XXIII, que subrayó también el beato Juan Pablo II.

Su necesidad en un mundo que cambia se ha hecho aún más patente; el Evangelio debe expresarse con formas nuevas (...) En el mundo hay una situación común: la secularización, la ausencia de Dios y la dificultad de verlo como una realidad que nos concierne.

En el contexto de la moderna racionalidad, podemos volver a descubrir a Dios como orientación fundamental de la vida y la esperanza, y de los valores sobre los que se asienta la sociedad (…) Creo que es muy importante anunciar que Dios corresponde a nuestra razón (…)

Por otra parte, hay que tener en cuenta la realidad concreta. En América Latina, generalmente, se debe considerar que el cristianismo no ha sido tanto"



  Juan Pablo II  y su sucesor Benedicto XVI

 Idem




APARECIDA


En el Discurso Inaugural de la V Conferencia 

del Episcopado Latinoamericano 


de Aparecida, 

Benedicto XVI señaló:




Benedicto XVI inaugura la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, CELAM - APARECIDA



Santuario de Aparecida -  Brasil





2. CONTINUIDAD CON LAS OTRAS CONFERENCIAS

Esta V Conferencia General se celebra en continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. 

Con el mismo espíritu que las animó, los pastores quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con la propia vida.

Después de la IV Conferencia General, en Santo Domingo, muchas cosas han cambiado en la sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este período de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo (cf. Gaudium et spes, 1).

En el mundo de hoy se da el fenómeno de la globalización como un entramado de relaciones a nivel planetario. 

Aunque en ciertos aspectos es un logro de la gran familia humana y una señal de su profunda aspiración a la unidad, sin embargo comporta también el riesgo delos grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo. 

Como en todos los campos de la actividad humana, la globalización debe regirse también por la ética, poniendo todo al servicio de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.

En las Comunidades eclesiales de América Latina es notable la madurez en la fe de muchos laicos y laicas activos y entregados al Señor, junto con la presencia de muchos abnegados catequistas, de tantos jóvenes, de nuevos movimientos eclesiales y de recientes Institutos de vida consagrada. Se demuestran fundamentales muchas obras católicas educativas, asistenciales y hospitalarias.

Se percibe, sin embargo, un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesiacatólica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudo religiosas.



3. DISCÍPULOS Y MISIONEROS

Esta Conferencia General tiene como tema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida” (Jn14, 6).



La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. 

Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará” (Mc 16, 15). Pues ser discípulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida “en Él” supone estar profundamente enraizados en Él.

¿Qué nos da Cristo realmente? ¿Por qué queremos ser discípulos de Cristo? Porque esperamos encontrar en la comunión con Él la vida, la verdadera vida digna de este nombre, y por esto queremos darlo a conocer a los demás, comunicarles el don que hemos hallado en Él.
Pero, ¿es esto así? ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida?

Ante la prioridad de la fe en Cristo y de la vida “en Él”, formulada en el título de esta V Conferencia, podría surgir también otra cuestión: esta prioridad, ¿no podría ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?
Como primer paso podemos responder a esta pregunta con otra:

¿Qué es esta “realidad”? ¿Qué es lo real? ¿Son “realidad” sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. 

Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. 

Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas.

La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis.

Pero surge inmediatamente otra pregunta: ¿Quién conoce a Dios? ¿Cómo podemos conocerlo? No podemos entrar aquí en un complejo debate sobre esta cuestión fundamental. 

Para el cristiano el núcleo de la respuesta es simple: sólo Dios conoce a Dios, sólo su Hijo que es Dios de Dios, Dios verdadero, lo conoce. Y Él, “que está en el seno del Padre, lo ha contado” (Jn 1, 18). 

De aquí la importancia única e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad. 

Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. 

Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré a donde quiera que vayas”(Lc 9, 57).

Todavía nos podemos hacer otra pregunta: ¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. 

La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás.

En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9).

Pero antes de afrontar lo que comporta el realismo de la fe en el Dios hecho hombre, tenemos que profundizar en la pregunta: ¿Cómo conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con Él, para encontrar la vida en Él y para comunicar esta vida a los demás, a la sociedad y al mundo?

Ante todo, Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la palabra de Dios. 

Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y del Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V Conferencia General en Aparecida, es condición indispensable el conocimiento profundo de la palabra de Dios.

Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la palabra de Dios: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf.  Jn 6, 63). 

De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la palabra de Dios. Para ello, animo a los pastores a esforzarse en darla a conocer.

Un gran medio para introducir al pueblo de Dios en el misterio de Cristo es la catequesis. En ella se transmite de forma sencilla y substancial el mensaje de Cristo. Convendrá por tanto intensificar la catequesis y la formación en la fe, tanto de los niños como de los jóvenes y adultos.

La reflexión madura de la fe es luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigos de Cristo. Para ello se dispone de instrumentos muy valiosos como son el Catecismo dela Iglesia católica y su versión más breve, el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica.

En este campo no hay que limitarse sólo a las homilías, conferencias, cursos de Biblia o teología, sino que se ha de recurrir también a los medios de comunicación: prensa, radio y televisión, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas para comunicar eficazmente el mensaje de Cristo a un gran número de personas.

En este esfuerzo por conocer el mensaje de Cristo y hacerlo guía de la propia vida, hay que recordar que la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana.“Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Deus caritas est, 15). 

Por lo mismo, será también necesaria una catequesis social y una adecuada formación en la doctrina social de la Iglesia, siendo muy útil para ello el Compendio de la doctrina social de la Iglesia. 

La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas. El discípulo, fundamentado así en la roca de la palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la buena nueva de la salvación a sus hermanos.

Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4, 12).

En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro.15




LA MISA DOMINICAL, CENTRO DE LA VIDA CRISTIANA.

Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas. 

Él es el Viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta, entrando en nuestras casas y permaneciendo en ellas, alimentándonos con el Pan que da la vida. 

Por eso la celebración dominical de la Eucaristía ha de ser el centro de la vida cristiana. El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana. 

De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia. 

¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará Latinoamérica y El Caribe para que, además de ser el continente de la esperanza, sea también el continente del amor!




LOS PROBLEMAS SOCIALES Y POLÍTICOS

Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria? Los problemas de América Latina y del Caribe, así como del mundo de hoy, son múltiples y complejos, y no se pueden afrontar con programas generales. 

Sin embargo, la cuestión fundamental sobre el modo como la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desafíos, nos concierne a todos. 

En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad. Pero, ¿cómo nacen?, ¿cómo funcionan? 

Tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para la creación de estructuras justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas; afirmaron que no sólo no habrían tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que ellas fomentarían la moralidad común. Y esta promesa ideológica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen de manifiesto. 

El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa opresión de las almas. 

Y lo mismo vemos también en Occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad.

Las estructuras justas son, como he dicho, una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal. 

Donde Dios está ausente –el Dios del rostro humano de Jesucristo– estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos. 

No quiero decir que los no creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo solamente que una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses. 

Por otro lado, las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con todo el empeño de la razón política, económica y social. Son una cuestión de la recta ratio  y no provienen de ideologías ni de sus promesas. 

Ciertamente existe un tesoro de experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales de un Estado justo y los caminos que se han de evitar. 

Pero en situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse –con los compromisos indispensables– el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

Este trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidad  –incluso con la pluralidad de las posiciones políticas–  es esencial en la tradición cristiana. 

Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. 

La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido.

Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. 

Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector. 

Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias.

Las estructuras justas jamás serán completas de modo definitivo; por la constante evolución de la historia, han de ser siempre renovadas y actualizadas; han de estar animadas siempre por un  ethos político y humano, por cuya presencia y eficiencia se ha de trabajar siempre. 

Con otras palabras, la presencia de Dios, la amistad con el Hijo de Dios encarnado, la luz de su Palabra, son siempre condiciones fundamenta-les para la presencia y eficiencia de la justicia y del amor en nuestras sociedades.19

Por tratarse de un continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas. 

Los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política.



5. OTROS  CAMPOS PRIORITARIOS

Para llevar a cabo la renovación de la Iglesia a vosotros confiada en estas tierras, quisiera fijar la atención con vosotros sobre algunos campos que considero prioritarios en esta nueva etapa.



La familia

La familia, “patrimonio de la humanidad”, constituye uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos. 

Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente

Sin embargo, en la actualidad sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarias al matrimonio que, al favorecer los anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos.

En algunas familias de América Latina persiste aún por desgracia una mentalidad machista, ignorando la novedad del cristianismo que reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre.

La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos. Las madres que quieren dedicarse plenamente a la educación de sus hijos y al servicio de la familia han de gozar de las condiciones necesarias para poderlo hacer, y para ello tienen derecho a contar con el apoyo del Estado. En efecto, el papel de la madre es fundamental para el futuro de la sociedad.20

El padre, por su parte, tiene el deber de ser verdaderamente padre, que ejerce su indispensable responsabilidad y colaboración en la educación de sus hijos. Los hijos, para su crecimiento integral, tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre, para que cuiden de ellos y los acompañen hacia la plenitud de su vida. 

Es necesaria, pues, una pastoral familiar intensa y vigorosa. Es indispensable también pro-mover políticas familiares auténticas que respondan a los derechos de la familia como sujeto social imprescindible. La familia forma parte del bien de los pueblos y de la humanidad entera



Los sacerdotes



Los primeros promotores del discipulado y de la misión son aquellos que han sido llamados “para estar con Jesús y ser enviados a predicar” (cf. Mc 3, 14), es decir, los sacerdotes. 

Ellos deben recibir, de manera preferencial, la atención y el cuidado paterno de sus obispos, pues son los primeros agentes de una auténtica renovación de la vida cristiana en el pueblo de Dios. 

A ellos les quiero dirigir una palabra de afecto paterno, deseando que el Señor sea el lote de su heredad y su copa (cf.Sal  16, 5). Si el sacerdote tiene a Dios como fundamento y centro de su vida, experimentará la alegría y la fecundidad de su vocación. 

El sacerdote debe ser ante todo un “hombre de Dios” ( 1 Tm 6, 11) que conoce a Dios directamente, que tiene una profunda amistad personal con Je-sús, que comparte con los demás los mismos sentimientos de Cristo (cf.  Flp 2, 5).

Sólo así el sacerdote será capaz de llevar a los hombres a Dios, encarnado en Jesucristo, y de ser representante de su amor. Para cumplir su elevada tarea, el sacerdote debe tener una sólida estructura espiritual y vivir toda su vida animado por la fe, la esperanza y la caridad. 

Debe ser, como Jesús, un hombre que busque, a través de la oración, el rostro y la voluntad de Dios, y que cuide también su pre-paración cultural e intelectual.

Queridos sacerdotes de este continente y todos los que habéis venido aquí como misioneros a trabajar, el Papa os acompaña en vuestra actividad pastoral y desea que estéis llenos de alegría y esperanza, y sobre todo reza por vosotros.21



Religiosos, religiosas y consagrados

Quiero dirigirme también a los religiosos, a las religiosas y a los laicos consagrados. La sociedad latinoamericana y caribeña necesita vuestro testimonio: en un mundo que muchas veces busca ante todo el bienestar, la riqueza y el placer como objetivo de la vida, y que exalta la libertad prescindiendo de la verdad sobre el hombre creado por Dios, vosotros sois testigos de que hay una manera diferente de vivir con sentido; recordad a vuestros hermanos y hermanas que el reino de Dios ya ha llegado; que la justicia y la verdad son posibles si nos abrimos a la presencia amorosa de Dios nuestro Padre, de Cristo nuestro hermano y Señor, y del Espíritu Santo nuestro Consolador.

Con generosidad, e incluso con heroísmo, seguid trabajando para que en la sociedad reine el amor, la justicia, la bondad, el servicio y la solidaridad, según el carisma de vuestros fundadores. 

Abrazad con profunda alegría vuestra consagración, que es medio de santificación para vosotros y de redención para vuestros hermanos.

La Iglesia de América Latina os da las gracias por el gran trabajo que habéis realizado a lo largo de los siglos por el Evangelio de Cristo en favor de vuestros hermanos, sobre todo de los más pobres y marginados. 

Os invito a todos a colaborar siempre con los obispos, trabajando unidos a ellos, que son los responsables de la pastoral. Os exhorto también a la obediencia sincera a la autoridad de la Iglesia.

Tened como único objetivo la santidad, de acuerdo con las enseñanzas de vuestros fundadores.



Los laicos

En estos momentos en que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación misionera, recuerdo a los laicos que también ellos son Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio al mundo entero. 

Todos los bautizados deben tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por el sacerdocio común del pueblo de Dios. 

Deben sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores.22

Muchos de vosotros pertenecéis a  movimientos eclesiales, en los que podemos ver signos de la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad actual.

Estáis llamados a llevar al mundo el testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios en la sociedad.



Los jóvenes y la pastoral vocacional

En América Latina, la mayoría de la población está formada por jóvenes. A este respecto, debemos recordarles que su vocación consiste en ser amigos de Cristo, sus discípulos, centinelas de la mañana, como solía decir mi predecesor Juan Pablo II. 

Los jóvenes no tienen miedo del sacrificio, sino de una vida sin sentido. Son sensibles a la llamada de Cristo que les invita a seguirle. Pueden responder a esa llamada como sacerdotes, como consagrados y consagradas, o como padres y madres de familia, dedicados totalmente a servir a sus hermanos con todo su tiempo y capacidad de entrega, con su vida entera.

Los jóvenes afrontan la vida como un descubrimiento continuo, sin dejarse llevar por las modas o las mentalidades en boga, sino procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de Dios, Padre creador, y de Dios Hijo, nuestro redentor dentro de la familia humana.

Deben comprometerse también en una continua renovación del mundo a la luz de Dios. Más aún, deben oponerse a los fáciles espejismos de la felicidad inmediata y de los paraísos engañosos de la droga, del placer, del alcohol, así como a todo tipo de violencia.



6. “QUÉDATE   CON  NOSOTROS”

Los trabajos de esta V Conferencia General nos llevan a hacer nuestra la súplica de los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” ( Lc 24, 29).

Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte.

Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y Tú eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y Tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero Tú nos confortas en la fracción del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad Tú has resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu resurrección.

Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: Tú, que eres la Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en Ti.

Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.

Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son más vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad. Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la riqueza de nuestro continente, protégelos de tantas insidias que aten-tan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas.

¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!24



CONCLUSIÓN

Al concluir mi permanencia entre vosotros, deseo invocar la protección de la Madre de Dios y Madre de la Iglesia sobre vuestras perso-nas y sobre toda América Latina y El Caribe. 

Imploro de modo especial a Nuestra Señora –bajo la advocación de Guadalupe, Patrona de Amé-rica, y de Aparecida, Patrona de Brasil– que os acompañe en vuestra hermosa y exigente labor pastoral. 

A ella confío el pueblo de Dios en esta etapa del tercer milenio cristiano. A ella le pido también que guíe los trabajos y reflexiones de esta Conferencia General, y que bendiga con abundantes dones a los queridos pueblos de este continente. 

Antes de regresar a Roma, quiero dejar a la V Conferencia Generaldel Episcopado de Latinoamérica y El Caribe un recuerdo que la acompañe y la inspire. Se trata de este hermoso tríptico que proviene del arte cuzqueño del Perú.

En él se representa al Señor poco antes de ascender a los cielos, dando a quienes lo seguían la misión de hacer discípulos a todos los pueblos. Las imágenes evocan la estrecha relación de Jesucristo con sus discípulos y misioneros para la vida del mundo. 

El último cuadro representa a san Juan Diego evangelizando con la imagen de la Virgen María en su tilma y con la Biblia en la mano. La historia de la Iglesia nos enseña que la verdad del Evangelio, cuando se asume su belleza con nuestros ojos y es acogida con fe por la inteligencia y el corazón, nos ayuda a contemplar las dimensiones de misterio que provocan nuestro asombro y nuestra adhesión.

Me despido muy cordialmente de todos vosotros con esta firme esperanza en el Señor. ¡Muchísimas gracias



   Tríptico cuzqueño Aparecida



IV. RASGOS FUNDAMENTALES DE LA 

ESPIRITUALIDAD LAICAL.



De lo dicho se desprende que los rasgos 

fundamentales de la Espitualidad laical serán:


1. CRISTOCENTRICA,

2. MARIANA

3. ECLESIAL

4. SECULAR O MUNDANA
(insistimos vividas con la peculiaridad propia del laico).




1. CRISTOCÉNTRICA







              Del tríptico cuzqueño BXVI-Aparecida          

  
  
                                                            (cabeza
Es Cristo-céntrica porque tiene por    (eje       
                                                            (centro a Jesucristo, con Él 
        (encontramos
nos  (reecontramos por medio de su   (Palabra
                                                            (Oración
                                                            (Sacramentos
                                                            (Hermanos     

Pero es en la Eucaristía, sacramento por excelencia culminación de todos los sacramentos, centro y culmen de la vida cristiana donde esencialmente el laico debe nutrirse, en cuanto constituye, también, la fuente y la meta de toda vida cristiana.

Por tanto, en la diaria o frecuente participación en la Santa Misa debe ser el centro de toda la actividad del cristiano. Allí se tienen que encontrar y unir necesariamente:

(el culto y la vida
(la fe y la obras
(la oración y el trabajo
(dando valor santificante a todos los actos e impulsando toda obra   
 de apostolado.
                                                   
                                                  

2. MARIANA






El cristianismo es mariano o no es auténtico cristianismo, Dios Padre, por benevolencia suya, se nos dio en su Hijo por medio se Santa María, constituyéndola madre Cristo y de todos los cristianos, madre la Iglesia como la proclamó Pablo VI al clausurar la segunda etapa del Concilio Vaticano II.

Ella, porque Dios lo quiso así, fue asociada a la obra de la redención de los hombres. Por eso no es un elemento extrínseco, secundario u opcional en la devoción y espiritualidad de los cristianos, sino intrínseco, necesario y esencial, dada la historia de la salvación.

Consiguientemente las relaciones con la Santísima Virgen no pueden reducirse a un sentimiento amoroso o a una actitud de admiración ante la dignidad excelsa de Madre de Dios.

Ella tiene una función singular en la Iglesia y en nuestra vida espiritual: "es nuestra Madre en el origen de la gracia" (LG, 61). Exaltada ya en el cielo, participante del señorío de Cristo Resucitado, sigue ejerciendo sus oficios maternales sobre los hermanos de su Hijos que aún peregrinamos en este valle de lágrimas (Cf.LG, 62)

"Educadora de la fe, cuida de que el evangelio nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad" (P.290).

María fue una seglar, hija, esposa, madre. Es modelo de entrega total al Señor y a su causa. El "sí" de la Anunciación la hizo "socia de Cristo". Con Él supo de pobrezas, persecuciones, destierros, torturas físicas y morales. "En el Magnificat se manifiesta como modelo de quienes no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social, ni son víctimas de "alienación"...sino que proclaman con Ella que Dios "ensalza a los humildes" y , si es el caso "derriba a los potentados de sus tronos" (Juan Pablo II, P.297).

La historia del cristianismo en América Latina revela maravillosamente la presencia y acción de María. Por eso la devoción de la Santísima Virgen, ha dicho muy bien Juan Pablo II, pertenece a la identidad de nuestros pueblos latino americanos.(Cf.P.283).

En la espiritualidad laical María tiene que ocupar un lugar de privilegio, junto a Jesucristo, dada su misión en la economía de la gracia y de la santidad.



3. ECLESIAL




   Plaza San Pedro - Vaticano

El amor y entrega a Cristo se tiene que expresar en la fidelidad y el amor a la Iglesia, por ello EL LAICO ES UN HOMBRE DE IGLESIA EN EL CORAZON DEL MUNDO; Y UN HOMBRE DEL MUNDO EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA.

En consecuencia, sabiendo que realmente SOMOS IGLESIA tenemos que sentir con la Iglesia: respetarla, servirla, honrarla, en comunión con nuestros Pastores, solidarios de todo el ser y el quehacer del Pueblo de Dios. El amor y entrega a Cristo debe expresarse en la fidelidad y en el amor a su Iglesia.

Es que es en la Iglesia, a pesar de sus dificultades, donde los laicos encontramos:
                      
                       (ayuda
                       (estímulo
                       (compromisos
                       (medios, oportunos y eficaces para realizar el mandamiento del Señor:              
                        "Sed perfectos como Vuestro Padre Celestial es perfecto".(Mt 5, 48).



4. SECULARIDAD


Es la nota más determinante de la espiritualidad laical. El carácter secular es, tal como queda dicho más arriba, es propio y peculiar de los seglares.(LG, 31). El Señor oró en última Cena: "No te pido que los saques del mundo sino que los libres del mal" (Jn 17,15).

El ámbito donde deben realizar su vocación a la santidad es el MUNDO. Por MUNDO se entiende los oficios y actividades que configuran la vida de los seglares.

En medio del mundo debenn vivir el Evangelio en cualquier situación; vivirla equivale a encarnarlo en la historia. En consecuencia, el laico no puede desentenderse de sus problemas individuales y sociales. Dice san Irineo: LO QUE NO ES ASUMIDO NO ES REDIMIDO.

El laico debe ser luz y sal de la tierra, la levadura que fermente la masa. Pablo VI, decía: "De vuestra fidelidad depende la calidad el fermento que estáis llamados a poner en la masa del mundo".

El laico entonces debe trabajar para INSTAURAR EL ORDEN TEMPORAL SEGUN EL QUERER DE DIOS.  Por orden temporal  se entiende lo creado. Material, vegetal, animal.. y encima de todo, coronando todo, dándole sentido a la creación, el hombre. El hombre señor de la Creación, el hombre para ser señor de las cosas, pero para que las cosas no lo dominen a él. El colaborador de la creación es llamado por su inteligencia, capacidad, libertad a dominar la tierra y en última instancia a conducirla a su Padre.

Cumple la voluntad de Dios cuando perfecciona e incrementa los bienes de la creación.

En suma, la espiritualidad laical deberá ser capaz de dar a la Iglesia y al mundo:

"Cristianos con: 



                      -vocación de santidad,

                      -sólidos en su fe,

                      -seguros en la doctrina propuesta
                       por Magisterio auténtico,

                      -firmes y activos en la Iglesia,

                      -cimentados en una densa vida espiritual... 
                       
                      -perseverantes en el testimonio y
                       acción evangélica,

                      -coherentes y valientes en sus 
                       compromisos temporales,

                      -constantes promotores de paz y justicia 
                       contra toda violencia u opresión 
                      
               -agudos en el discernimiento 
                       crítico de las situaciones e 
                       ideologías

                      -a la luz de las enseñanzas     
                       sociales de la Iglesia,

                      -confiados en la esperanza en el 
                       Señor"

(Juan Pablo II, Alocución a los laicos, 6 AAS LXXI, p.216)





V. COMPROMISO LAICAL A LA LUZ DE 

PUEBLA, SANTO DOMINGO Y 

APARECIDA



Afirma PUEBLA que ser cristiano es comprometerse. La espiritualidad laical si es auténtica tiene que llevarnos a COMPROMETERNOS:


1. CON CRISTO-JESÚS  cuyo llamado no admite componendas. sino que exige hasta la propia vida para ser miembro del Reino: "El que halla su vida la perderá, y el que la perdiere por amor a mí, la hallará" (Mt 10, 39).

2. CON LA IGLESIA que debe construir desde la experiencia de su mundo secular (DP.595). en ese sentido si bien está obligado a trabajar en los distintos campos del apostolado eclesial: catequesis, liturgia, ayuda a los hermanos en forma personal, grupo de movimientos organizados, incluso a través del ejercicio de ciertos ministerios, de evitar caer en la CLERICALIZACION tanto en lo que hace a la espiritualidad como en el apostolado y asimismo a no desentenderse por ello de su campo propio, el mundo.

2. CON EL MUNDO es decir con las actividades que confrontan la vida secular.


Es en el mundo, afirma Puebla, donde el laico encuentra su campo específico de acción. Por el testimonio de su vida, por su palabra oportuna y por su acción concreta, el laico tiene la responsabilidad de ordenar las realidades temporales para ponerlas al servicio de la instauración del Reino de Dios. (P.789).

Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial --esa es función específica de los Pastores-- sino poner en práctica todas sus posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas  y a la vez presentes y activas en las COSAS DEL MUNDO.

Así el ámbito de estas realidades es enormemente vasto y complicado: la familia, la educación, las comunicaciones sociales, el campo de la política, de la cultura, de la economía, del trabajo... el de los pobres, de los marginados, las periferias existenciales.

En suma, nuestro compromiso de fidelidad a Cristo, a la Iglesia y a los hombres, es una enorme responsabilidad de la cual debemos tomar conciencia ¡hoy y aquí!

Dice Juan Pablo II en el Discurso Inaugural de SANTO DOMINGO (V Conf.Gral. CELAM) que en la Exhortación Apostólica Postsinodal Christifideles laici sobre la "vocación y la misión de los laicos en la Iglesia" he querido poner particularmente de relieve que en la "grande, comprometedora y magnífica empresa" de la nueva evangelización es indispensable la labor de los seglares, en especial de los catequistas y "delegados de la Palabra". 

En esta hora en que he convocado a todos a trabajar con ardor apostólico en la viña del Señor, sin que nadie quede excluido, "los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa (la nueva evangelización), llamados como están a anunciar y a vivir el evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad" (n.64). 

Digna de todo elogio, como transmisora  de la fe es la mujer latinoamericana, cuyo papel en la y en la sociedad hay que poner de debidamente de relieve (cf. Carta Apostólica Mulleris dignitate).

Particular solicitud pastoral se ha de prestar a los enfermos, en vista también de la fuerza evangelizadora del sufrimiento (cf. Carta Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido del sufrimiento humano, 11 de febrero 1984)

Dice Benedicto XVI en el discurso Inaugural de la V -Conf,Gral del CELAM de APARECIDA que para llevar a cabo la renovación de la Iglesia quisiera fijar la la atención con vosotros sobre algunos campos que considero prioritarios en esta nueva etapa.

En estos momentos en que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación misionera, recuerdo a los laicos que también ellos son Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio al mundo entero. 

Todos los bautizados deben tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por el sacerdocio común del pueblo de Dios. Deben sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores.22

Muchos de vosotros pertenecéis a  movimientos eclesiales, en los que podemos ver signos de la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad actual.

Estáis llamados a llevar al mundo el testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios en la sociedad.

Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la palabra de Dios. 

El discípulo, fundamentado así en la roca de la palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la buena nueva de la salvación a sus hermanos.

Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro.

Los laicos que también ellos son Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio al mundo entero. 

Todos los bautizados deben tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por el sacerdocio común del pueblo de Dios. Deben sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores

Estáis llamados a llevar al mundo el testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios en la sociedad.



VI. CAMBIOS DE ESTRUCTURAS Y 

CONVERSIÓN 


Si las estructuras injustas son el resultado de corazones dominados por el pecado, no podemos cambiarlas sin cambiar primero al hombre.

El cambio de estructuras sin la conversión de las personas, engendra a otros sistemas y estructuras frecuentemente más opresivos y violentos que los anteriores.

Es necesaria la conversión del hombre por la creación, de una sociedad nueva, un continente nuevo y un mundo con nuevas y renovadas estructuras.

Estamos ante una tarea realmente urgente, inaplazable. Se trata no sólo de "ordenar las realidades temporales para ponerlas al servicio de la instauración del Reino de dios" (P. 789); sino también de REHACER las estructuras sociales económicas y políticas (P. 154), no sólo renovándolas sino también cambiándolas o creando otras nuevas, donde fuera necesario.

La Nueva evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser coherente con el concilio, . Lo toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismos que tengan presente cada vez con más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación universal. (SD. 30)

Hoy con más realismo y urgencia que nunca podemos repetir aquel lema de Pio XII: ESTA  ES LA HORA DE LOS LAICOS. Se trata no solo de evangelizar anunciando a Cristo, de proclamar la fe en Él y en su mensaje, sino llevar el evangelio hasta las últimas consecuencias sociales.

Juan Pablo II señala que "El mundo no puede sentirse tranquilo y satisfecho ante la situación caótica y desconcertante que se presenta ante nuestros ojos: naciones, sectores de población, familias e individuos cada vez más ricos y privilegiados frente a pueblos, familias y multitud de personas sumidas en la pobreza, víctimas del hambre y las enfermedades, carentes de vivienda digna, de servicios sanitarios, de acceso a la cultura. 

Todo ello es testimonio elocuente de un desorden real y de una injusticia institucionalizada, a lo cual se suman a veces el retraso en tomar medidas necesarias, la pasividad y la imprudencia, cuando no la transgresión de los principios éticos en el ejercicio de las funciones administrativas, como es el caso de la corrupción. 

Ante todo esto, se impone un «cambio de mentalidad, de comportamiento y de estructuras« (Centesimus annus, 60), en orden a superar el abismo existente entre los países ricos y los países pobres (cf. Laborem exercens, 16; Centesimus annus, 14), así como las profundas diferencias existentes entre ciudadanos de un mismo país. En una palabra: hay que hacer valer el nuevo ideal de solidaridad frente a la caduca voluntad de dominio.

Por otra parte, es falaz e inaceptable la solución que propugna la reducción del crecimiento demográfico sin importarle la moralidad de los medios empleados para conseguirlo. 

No se trata de reducir a toda costa el número de invitados al banquete de la vida; lo que hace falta es aumentarlos medios y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos puedan participar equitativamente de los bienes de la creación.


Hay que buscar solución es a nivel mundial, instaurando una verdadera economía de comunión y participación de bienes, tanto en el orden internacional como nacional. 

A este propósito, un factor que puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana. 

Es grave responsabilidad de los gobernantes el favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han un ido definitivamente en el camino de la historia". (Disc. Inaug. III Promoción humana, 15)





VII. SINODO DE LOS OBISPOS
"PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Y LA TRANSMISIÓN DE LA FE"

INTERVENCIÓN DEL CARD. STANISLAW RYLKO

  Card. Stanisław RYŁKO


Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos (Ciudad del Vaticano)

Lunes, 8 de octubre de 2012 - 1a. Congregación

En el n. 115 del Instrumento laboris leemos: “El florecimiento en estas décadas, en modo frecuentemente gratuito y carismático, de grupos y movimientos dedicados prioritariamente al anuncio del Evangelio es otro don de la Providencia en la Iglesia.”

El Magisterio de los últimos Pontífices ha confirmado en muchas circunstancias esta naturaleza providencial de la “nueva estación agregativa de los fieles laicos”, evidenciando la estrecha relación con el “renovado Pentecostés” del Concilio Vaticano II.

En concreto, el Beato Juan Pablo II no ha dejado de subrayar el dinamismo misionero de los movimientos y las nuevas comunidades que “representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha.

Recomiendo, por lo tanto, difundirlos y usarlos para volver a dar vigor, sobre todo entre los jóvenes, a la vida cristiana, a la evangelización, en un visión pluralista de los modos de asociación y expresión”.

El Papa Benedicto XVI, a su vez, ha confirmado que un “instrumento providencial para un renovado impulso misionero son los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades; acogedlos y promovedlos en vuestras diócesis”. Y en otra ocasión ha animado a los obispos a acogerlos “con mucho amor”.

Sin embargo, los movimientos y nuevas comunidades siguen siendo aún un recurso no plenamente valorizado en la Iglesia, un don del Espíritu y un tesoro de gracias aún escondidos a los ojos de muchos Pastores, quizás atemorizados por la novedad que aportan a la vida de las diócesis y de las parroquias.

El Santo Padre es muy consciente de esta dificultad, por lo que exhorta a los Pastores a “no apagar los carismas, a estarles agradecidos aunque sean incómodos”.

Se exige, por lo tanto, una verdadera “conversión pastoral” de los obispos y de los sacerdotes, llamados a reconocer que los movimientos son, sobre todo, un don valioso más que un problema.

El empuje misionero de las nuevas realidades, de hecho, no deriva de un entusiasmo emotivo y superficial, sino que surge de experiencias muy serias y exigentes de formación de los fieles laicos a una fe adulta, capaz de responder adecuadamente a los desafíos de la secularización. 

La novedad de sus acciones, por lo tanto, no hay que buscarla en sus métodos, sino en la capacidad de reafirmar la centralidad de Dios en la vida de los cristianos, una cuestión fundamental en las enseñanzas del Santo Padre Benedicto XVI.

También para la tarea de la nueva evangelización es válido el antiguo adagio escolástico: operari sequitur esse, porque nuestra acción expresa siempre lo que somos.

La evangelización no es sólo, y no es tanto, una cuestión de “saber hacer”, sino que es sobre todo una cuestión de “ser”, es decir, de ser cristianos verdaderos y auténticos.

Por otra parte, los métodos de evangelización que los movimientos y las nuevas comunidades adoptan son en apariencia muy distintos, verdaderamente multiformes, pero todos reconducibles a las “tres leyes de la nueva evangelización” que el entonces Cardenal Ratzinger formuló para catequistas y profesores de religión con ocasión del Jubileo del año 2000:

antes que nada, la “ley de la expropiación”, es decir, no hablar en nombre propio sino en nombre de la Iglesia, manteniéndose firme en el hecho de que “evangelizar no es simplemente una forma de hablar, sino una forma de vivir”: a saber, la clara consciencia de pertenecer a Cristo y a Su Cuerpo (¡Iglesia!) que transciende el propio yo.


La segunda es la “ley de la semilla de mostaza”, es decir, la valentía de evangelizar con paciencia y perseverancia, sin pretender obtener resultados inmediatos, y recordando siempre que la ley de los grandes números no es la ley del Evangelio.

Es una actitud que podemos reconocer, por ejemplo, en la obra de evangelización emprendida por los movimientos y nuevas comunidades en las zonas más secularizadas de la tierra. 

La tercera “ley” es la del germen de trigo, que para dar la vida debe morir, debe aceptar la lógica de la cruz. En estas leyes se encierra el secreto más profundo de la eficacia del compromiso evangelizador de la Iglesia en todos los tiempos.


INTERVENCION DE MONS. RINO FISICHELLA.

Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización


     S.E.R. Mons. Salvatore FISICHELLA
     Arzobispo titular de Voghenza


Martes, 9 de octubre de 2012

La nueva evangelización se presenta como un proyecto pastoral que tendrá ocupada a la Iglesia en los próximos decenios. Antes de “hacer” es necesario encontrar el fundamento de nuestro “ser” cristianos, de modo que la NE no sea vivida como un añadido en un momento de crisis, sino como la constante misión de la Iglesia.

Se debe conjugar la exigencia de unidad, para ir más allá de lo fragmentario, con la riqueza de las tradiciones eclesiales y culturales.

Unidad de un proyecto pastoral no equivale a uniformidad de realización; indica, más bien, la exigencia de un lenguaje común y de signos compartidos que muestran el camino de toda la Iglesia más que la originalidad de una experiencia particular.

Habría que explicar por qué en un período de transición histórica como el nuestro, marcado por una crisis general, se nos pide que vivamos hoy de manera extraordinaria nuestra ordinaria vida eclesial.

Tenemos que saber presentar la novedad que Jesucristo y la Iglesia representan en la vida de las personas. Sin embargo, el hombre de hoy no percibe la ausencia de Dios como algo que falta a su vida.

La ignorancia de los contenidos básicos de la fe se conjuga con una forma de presunción que no tiene precedentes. ¿De qué manera se puede expresar la novedad de Jesucristo en un mundo impregnado sólo de cultura científica, modelado en la superficialidad de contenidos efímeros e insensible a la propuesta de la Iglesia?

Anunciar el Evangelio equivale a cambiar de vida; pero el hombre de hoy parece muy ligado a este tipo de vida de la que se siente dueño porque decide cuándo, cómo y quién debe nacer y morir.

Nuestras comunidades ya no presentan tal vez los rasgos que permiten reconocernos como portadores de una bella noticia que transforma. Parecen cansadas, repetitivas con fórmulas obsoletas que no comunican la alegría del encuentro con Cristo y no están seguras del camino que deben emprender.

Nos hemos encerrado en nosotros mismos, mostramos una autosuficiencia que nos impide relacionarnos como una comunidad viva y fecunda que genera vocaciones a causa de lo mucho que hemos burocratizado la vida de fe y sacramental.

En una palabra, ya no se sabe que estar bautizados equivale a ser evangelizadores. Incapaces de proponer el Evangelio, débiles en la seguridad de la verdad que salva y cautos a la hora de hablar porque nos sentimos oprimidos por el control del lenguaje, hemos perdido credibilidad y nos arriesgamos a hacer vano el Pentecostés.


No nos sirve en este momento echar de menos los tiempos pasados ni la utopía para seguir los sueños, sino, más bien, un análisis lúcido que no esconda las dificultades ni tampoco el gran entusiasmo de tantas experiencias que en estos años han permitido poner en práctica la NE.



EL PRESIDENTE DEL CELAM PIDIÓ DAR UN SALTO CUALITATIVO

MONS. CARLOS AGUIAR RETES

Martes 16 Oct 2012 | 11:48 am

  Mons. Carlos Aguiar Retes 



Ciudad del Vaticano (AICA): “Ha llegado el momento del salto cualitativo. Si se sigue haciendo solamente lo mismo de siempre no seremos fieles al mandato de Cristo, los sacerdotes deben superar un estatus de confort y no basta una pastoral de conservación sino que es necesario reforzar la propia identidad evitando irenismos, lo que será además un antídoto a las sectas. 

Y armonizar movimientos y parroquias para potenciar la evangelización, así como la formación en los seminarios”, son algunos de los puntos expuestos en una rueda de prensa por monseñor Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla, presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana, y presidente del Consejo Episcopal Latino Americano (CELAM).

 “Ha llegado el momento del salto cualitativo. Si se sigue haciendo solamente lo mismo de siempre no seremos fieles al mandato de Cristo, los sacerdotes deben superar un estatus de confort y no basta una pastoral de conservación sino que es necesario reforzar la propia identidad evitando irenismos, lo que será además un antídoto a las sectas.

Y armonizar movimientos y parroquias para potenciar la evangelización, así como la formación en los seminarios”, son algunos de los puntos expuestos en una rueda de prensa por monseñor Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla, presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana, y presidente del Consejo Episcopal Latino Americano (CELAM).

El prelado mexicano resaltó que la V Conferencia de Aparecida fue un fruto generado por el Concilio Vaticano II y “el dinamismo pastoral de Aparecida nace por haber entendido tres factores: el cambio de época; una conversión no sólo personal sino pastoral y porque se busca una misión continental: tenemos que misionar, no individualmente sino en efectiva comunión eclesial. No de uno u otro sacerdote o movimiento, sino realizada en conjunto y en cuya cabeza está el Papa y para las Iglesias particulares están los obispos”.

Para lograr la Misión Continental, el presidente del CELAM recordó que es necesario “salir del gris del pragmatismo y de la burocracia” y que en Aparecida hubo conciencia de que “si seguimos haciendo solamente lo mismo de siempre no seremos fieles al mandato de Cristo. O sea hay que hacer más y los sacerdotes deben salir más allá de su confort. Y justamente en Aparecida “se reivindica que no basta la pastoral de conservación”.

La misión de las mujeres en América Latina
Monseñor Aguiar Retes resaltó la misión de las mujeres de América Latina en la Iglesia, ellas dan vida a la comunidad, como lo han indicado diversas intervenciones durante el sínodo.

El prelado añadió que en una reciente encuesta sobre la transmisión de la fe en América Latina y el Caribe registró que el 95% fue a través de la familia y la madre o sea la mujer. Resaltó también el rol femenino en el campo de la caridad, de la asistencia social y de la promoción de los más necesitados, para no hablar de los catequistas, cuyo 90% son mujeres.

Las sectas
Sobre el proselitismo de los nuevos cultos o movimientos sectarios, el arzobispo mexicano recordó que se contrarresta fortaleciendo la propia identidad católica y evitando una actitud irenista. En este sentido señaló un estudio realizado en el año 2000 de sociólogos de la Universidad Nacional de México en el cual preveían para 2010 que los católicos serían el 60% y para el 2050, menos del 40%. “A pesar del tsunami de la laicización hoy somos el 83%”, indicó.

Parroquia y movimientos
Monseñor Aguiar Retes habló sobre “armonizar el trabajo entre parroquia y movimientos” y para ello solicitó una planificación conjunta. Indicó que si un movimiento va a las puertas de la parroquia este crece y hace crecer a la misma. Sin olvidar que los movimientos -añadió el prelado- tienen la experiencia de mucho camino recorrido. Y el tercer paso es sumar fuerzas en torno a ciertos acontecimientos.

En ese sentido recordó cómo se especuló que el viaje de Benedicto XVI a México no iba a tener la respuesta que tuvo Juan Pablo II. Que una encuesta registró que antes del viaje de Benedicto XVI el 17% de la población se dijo identificada con él, y que después del mismo, gracias también a la sinergia de las comisiones varias, se registró el 86% de identificación.

“Que el sínodo coincida con el Año de la Fe es una gracia”, consideró el prelado, que consideró necesario “volver a replantear nuestra fe, pues no es lo mismo creer en Dios olvidando lo que nos reveló Cristo”

Sobre las reivindicaciones sociales existentes en Latinoamérica, recordó que es el continente en donde se registran mayores diferencias sociales, y consideró que “más que insistir sobre eso aunque es necesario, Aparecida indica que la condición de discípulos, el ser comunidad de comunidades, crea una conciencia que irá resolviendo desde esta sensibilidad las estructuras injustas”.

Formación sacerdotal
Formación de sacerdotes y seminarios menores, un tema que se trató varias veces en las intervenciones del sínodo. “En ese campo hay todo un reto, porque cuando los seminarios tienen muchos años de camino y cuentan con una disciplina es más difícil ordenarlos”. Por ello añadió el arzobispo, “fue un gran esfuerzo reorientar la formación sacerdotal”, la cual “cada vez más trata de ser integral”.

Precisó que en el seminario van mejor los jóvenes que hacen el descubrimiento de su vocación desde una experiencia de Iglesia, especialmente si son líderes entre los adolescentes, pues llegan comprometidos y entusiasmados.+

Estos fueron los puntos principales expuestos en una rueda de prensa por el padre sinodal, monseñor Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla, presidente de la Conferencia Episcopal, y del Consejo Episcopal Latino Americano.

¿El mensaje y resultado de la V Conferencia celebrada con el Benedicto XVI en Aparecida? No ha sido por generación espontánea, sino un fruto generado por el Concilio Vaticano II. 

Y el dinamismo pastoral Aparecida nace por haber entendido tres factores: el cambio de época, con una generación de transición que no encuentra su estructura social definitiva; una conversión no sólo personal sino pastoral que consiste en creer en el mensaje de Cristo y que ha marcado un camino para realizar el proyecto de la Creación. Porque se cree que la Iglesia es la depositaria de la tradición de ese buen anuncio. De que “El mal no puede tanto” como dijo Benedicto XVI en su reciente viaje a León.

Y porque se busca una misión continental: tenemos que misionar, no individualmente sino en efectiva comunión eclesial. No de uno u otro sacerdote o movimiento, sino realizada en conjunto y en cuya cabeza está el papa y para las Iglesias particulares están los obispos.

Para lograr la Misión Continental, el arzobispo mexicano recordó que es necesario “salir del gris del pragmantismo y de la burocracia” y que en Aparecida hubo conciencia que “si seguimos haciendo solamente lo mismo de siempre no seremos fieles al mandato de Cristo. O sea hay que hacer más”.

“En concreto significa para los sacerdotes salir más allá de su confort. Pues los sacerdotes en cuanto ministros de una parroquia tienen garantizado el estado de bienestar. Si yo estoy bien, y estoy haciendo las cosas ¿qué más busco en la vida?”. Y justamente en Aparecida “se reivindica que no basta la pastoral de conservación”.

Respondiendo a las preguntas de los periodistas, su excelencia subrayó la misión de las mujeres de América Latina en la Iglesia, que ellas dan vida a la comunidad, como lo han indicado diversas intervenciones durante el sínodo.

Añadió que una reciente encuesta sobre la transmisión de la fe en América Latina y el Caribe ha registrado que el 95% ha sido a través de la familia y la madre o sea la mujer. Resaltó también el rol femenino en el campo de la caridad, de la asistencia social y de la promoción de los más necesitados, para no hablar de los catequistas, cuyo 90% son mujeres.

Sobre la parroquia, monseñor Aguiar la consideró eficaz como oferta de servicio religioso, si bien es necesario entender su función de manera más amplia. “La migración --dijo- durante un siglo cambió las poblaciones de rurales a urbanas y la identidad, unidad cultural religiosa social de los países. “Las campanas de los pueblos bastaban, ahora a veces piden que no se toquen”. Entretanto las mutaciones más complejas, añadió, “son las culturales y de los ambientes sociales”.

Sobre el proselitismo de los nuevos cultos o movimientos sectarios, el arzobispo mexicano recordó que se contrarresta fortaleciendo la propia identidad católica y evitando una actitud irenista. 

En este sentido señaló un estudio realizado en el año 2000 de sociólogos de la Universidad Nacional de México en el cual preveían para 2010 que los católicos serían el 60% y para el 2050, menos del 40%. “A pesar del tsunami de la laicización hoy somos el 83% en el 2012”, indicó.

Armonizar el trabajo entre parroquia y movimientos. Por ello, monseñor Aguiar solicitó una planeación conjunta. Indicó que si un movimiento va a las puertas de la parroquia este crece y hace crecer a la misma. Sin olvidar que los movimientos --añadió el prelado- tienen la experiencia de mucho camino recorrido. Y el tercer paso es sumar fuerzas en torno a ciertos eventos.

En ese sentido recordó cómo se especuló que el viaje de Benedicto XVI a México no iba a tener la respuesta que tuvo Juan Pablo II. Que una encuesta registró que antes del viaje de Benedicto XVI el 17% de la población se dijo identificada con él, y que después del mismo, gracias también a la sinergia de las comisiones varias, se registró el 86% de identificación.

¿Gracias a Aparecida América Latina está más adelante del sínodo por lo que se refiere a Nueva evangelización? Para su excelencia, se está registrando en Latinoamérica una acción esperanzadora si bien aún incipiente. Con muchos miles de agentes en la pastoral, en los que se ha crecido, “aunque es el momento de dar el salto cualitativo para acompañar a los laicos en dar al buena nueva”.

Y para ello “este sínodo dará una luz muy grande”, es llevar el evangelio en todos los ámbitos quien es enfermero entre sus colegas, y así el abogado, político, empresario etc.

“Que el sínodo coincida con el Año de la Fe es una gracia”, consideró el prelado, que consideró necesario “volver a replantear nuestra fe, pues no es lo mismo creer en Dios olvidando lo que nos ha revelado Cristo”

Sobre las revindicaciones sociales existentes en Latinoamérica, recordó que es el continente en donde se registran mayores diferencias sociales, y que se ha considerado que más que insistir sobre eso aunque es necesario, Aparecida indica que la condición de discípulos, el ser comunidad de comunidades, crea una conciencia que irá resolviendo desde esta sensibilidad las estructuras injustas..

Sobre la experiencia pastoral en México, recordó que el 90% de la escuela pública es laica por lo que se ha implementado una catequesis parroquial, además de una escolarizada de seis años para atender a los niños en su formación, y se registra que cuando llegan al sexto año no se quieren ir lo que dio lugar al acompañamiento a los adolescentes.

Formación de sacerdotes y seminarios menores, un tema que se trató varias veces en las intervenciones del sínodo. “En ese campo hay todo un reto, porque cuando los seminarios tienen muchos años de camino y cuentan con una disciplina es más difícil ordenarlos”. Por ello añadió el arzobispo, “ha sido un gran esfuerzo reorientar la formación sacerdotal”, la cual “cada vez más trata de ser integral”.

Precisó que en el seminario van mejor los jóvenes que hacen el descubrimiento de su vocación desde una experiencia de Iglesia, especialmente si son líderes entre los adolescentes, pues llegan comprometidos y entusiasmados.

Y concluyó recordando que la misión continental quiere darle cauce a las iniciativas en la línea de acción social, pues allí se enriquece allí la vivencia cristiana”.




RELACIÓN SOBRE AMÉRICA DEL CARD. CARLOS AGUIAR RETES. PRESIDENTE DEL CELAM-




                   Carlos AGUIAR RETES Arzobispo de Tlalnepantla (México)
                   Presidente de la Conferencia Episcopal


RELACIÓN SOBRE AMÉRICA DEL CARD. CARLOS AGUIAR RETES. PRESIDENTE DEL CELAM-

Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

Lunes, 8 de octubre de 2012 -

El gran desafío: el cambio de época y la fractura cultural (1 Cfr. Instrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 47.)

La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (2 Celebrada en Aparecida, Brasil en mayo de 2007.) se ubica a sí misma en la continuidad del Concilio Vaticano II (3 La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño es un nuevo paso en el camino de la Iglesia, especialmente desde el Concilio Ecuménico Vaticano II.

Ella da continuidad y, a la vez, recapitula el camino de fidelidad, renovación y evangelización de la Iglesia latinoamericana al servicio de sus pueblos. Documento de Aparecida (DA) n. 9.), y hace un llamado a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia la misión de la Iglesia en las nuevas y desafiantes circunstancias latinoamericanas y mundiales (4 Cfr. DA, n. 11.).

Considera necesario salir del gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia para recomenzar desde Cristo(5 Cfr. DA, n. 12.).
La Nueva Evangelización exige la Comunión Eclesial.

Para lograr la Nueva Evangelización y transmitir la fe a las nuevas generaciones la Iglesia debe plantearse con toda honestidad, un examen de conciencia sobre la manera de vivir la fe (6 La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para los Pastores, sino mas bien para todos los cristianos que viven en América.

A todos se les pide que profundicen y asuman la auténtica espiritualidad cristiana. “En efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias cristianas, la cual es “La vida en Cristo” y “en el Espíritu”, que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial”.

Ecclesia in America (EIA), n. 29.). Es necesario examinar la vida eclesial (7 Cfr. Instrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 95.) y el testimonio de ella en la sociedad actual (8

La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros. Su vida acontece en contextos socioculturales bien concretos.

Estas transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales. DA, n. 367.).

Ecclesia in America afirma: Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria … Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su naturaleza, debe manifestarse a través de signos concretos (9 EIA, n. 33.).

Aunque indispensable no basta la organización institucional de la Iglesia (10 Gran parte de la humanidad de hoy no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia el Evangelio.

La Nueva Evangelización, conferencia del cardenal Joseph Ratzinger durante el jubileo de los catequistas y profesores de Religión celebrado el 10 de diciembre de 2000 en Roma. L ‘Osservatore Romano”, 19 de enero de 2001 (NEJR).), es necesario el testimonio de una espiritualidad de la comunión (11 Cfr. Novo Millennia Ineunte (NMI), n. 43.) que sea perceptible en la vida eclesial; para ello, es menester la participación y la comunión de los distintos miembros de la Iglesia en los diferentes niveles y desde las propias responsabilidades (12

La conversion pastoral requiere que las comunidades eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. De allí, nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas.

Hoy, más que nunca, el testimonio de comunión eclesial y la santidad son una urgencia pastoral. DA, n. 368.), dando testimonio del arte de vivir (13 Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona. NE. JR.).

La toma de conciencia para generar la comunión eclesial arranca con la conversión pastoral (14 La conversión pastoral es la clave para una evangelización nueva en su ardor), entendida como la aceptación de la llegada del Reino de Dios y el compromiso de incorporarse como discípulo de Cristo para darlo a conocer en el Mundo (15 Mc 1,15.), compromiso que exige la conversión personal (16

La conversion personal despierta la capacidad de someterla todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diaconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “10 que el Espiritu esta diciendo a las Iglesias” (Ap 2,29) a traves de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta. DA, n. 366.) permanente (17

La conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida. EIA, n. 28.).

El camino incipiente y esperanzador de la Nueva Evangelización en América.

La renovación pastoral en América, iniciada como respuesta al Concilio Vaticano II, ha dinamizado la vida interna de la Iglesia, se han multiplicado los agentes de pastoral, se ha intensificado la formación en la fe, ha crecido la participación y la comunión eucarística de los fieles en la misa dominical, son muchos y variados los aspectos positivos de la renovación pastoral de la Iglesia (18 Cfr. DA, n. 99); sin embargo dicho crecimiento no ha sido proporcional al crecimiento demográfico de nuestros pueblos, por ello se constata enormes sectores de católicos distantes y tibios en su identidad católica, pero ciertamente creyentes (19 Cfr. DA, n. 100, a).).

La religiosidad sigue viva y es la gran reserva potencial de nuestros pueblos (20 Una característica peculiar de América es la existencia de una piedad popular profundamente enraizada en sus diversas naciones.

Está presente en todos los niveles y sectores sociales, revistiendo una especial importancia como lugar de encuentro con Cristo para todos aquellos que con espíritu de pobreza y humildad de corazón buscan sinceramente a Dios (cf. Mt 11,25). EIA, n. 16.).

Ella, cuando ha sido guiada por la Palabra de Dios (21 “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (in 14,6). Con estas palabras Jesús se presenta como el único camino que conduce a la santidad. 

Pero el conocimiento concreto de este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios que la Iglesia anuncia con su predicación. EIA, n. 31.) logra disponer el corazón del creyente y descubrir a Cristo (22 Cfr. Instrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 21. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a orar. NE. JR.), dejándose seducir por el Señor de la Vida (23

El encuentro con el Señor produce una profunda transformación de quienes no se cierran a El. El primer impulso que surge de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro. EIA, n. 68.) y aceptando incorporarse con mayor conciencia a la Iglesia como miembro de una comunidad de discípulos misioneros, que practica una espiritualidad cristiana (24

El seguimiento de Cristo tiene una meta mucho más elevada: identificarse con Cristo, es decir, llegar a la unión con Dios. NE.JR.), que permite la santificación de sus miembros por la comunión con Dios Padre en el Espíritu Santo (25 La santidad es la meta del camino de conversión, pues esta “no es fin en sf misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en nuestra vida (cf. Mt 5,16)”.EIA, n. 30.).

Las pequeñas comunidades relacionadas entre sí van aprendiendo la conveniencia de la comunicación y comunión.

La Parroquia se renueva manifestando un nuevo rostro de Iglesia que crece y se desarrolla con fuerza (26 Cfr. Instrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, nos. 80 y 107.), cuando la Parroquia se relaciona orgánicamente con las demás y juntas son conducidas como Diócesis bajo la guía de su Obispo (27 Una clave de renovación parroquial, especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede encontrarse quizás considerando la parroquia como comunidad de comunidades y de movimientos. EIA, n. 41.). 

Esta dinámica de comunión eclesial es más urgente e indispensable en las ciudades y en las grandes zonas urbanas de las metrópolis (28 Cfr. DA, n.517 y 518.).

La vida de la Iglesia expresada como comunidad de comunidades, en comunión y unidad, permite a cada cristiano descubrir que en el Siglo XXI es posible vivir como discípulo de Cristo en una comunidad de discípulos del Señor Jesús, y tomar conciencia como discípulo misionero de la urgente necesidad de dar testimonio creíble y confiable de la fe en el mundo actual (29 

Anuncianda la conversión debemos ofrecer también una comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida.

No se puede evangelizar sólo con palabras. El Evangelio crea vida, crea comunidad de camino. Una conversión puramente individual no tiene consistencia. NE. JR.).

Los procesos pastorales de planeación diocesana van abriendo los espacios para la formación del discípulo misionero y la misión continental.

La pastoral orgánica descrita en el Plan Diocesano de Pastoral va haciendo realidad lo indicado en NMI: En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura (30 NMI, n. 29.).

Por ello, me atrevo a expresar que la Nueva Evangelización, que se abre camino en América, parte. del encuentro con Cristo que la Iglesia ofrece alas fieles cristianos (31

Jesucristo es la “buena nueva” de la salvación comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo tiempo es también el. primer y supremo evangelizador.


La Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo crucificado y resucitado. “Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de su Evangelio “.EfA, n. 67.) y llega al descubrimiento y vivencia apasionada y comprometida de la vida discipular (32

El anuncio de Dios lleva a la comunión can Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. NE.JR.), expresión de la espiritualidad de la comunión.

De esta manera la vida diocesana y parroquial se acerca a la vida familiar (33 Cfr. Instrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, nos. 110 -113.), Iglesia doméstica (34 Para que la familia cristiana sea verdaderamente “iglesia doméstica”, está llamada a ser el ámbito en que los padres transmiten la fe, pues ellos “deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo”. EIA, n. 46.), fortaleciéndose mutuamente, y ayudando a poner bases para afrontar la emergencia educativa de nuestro tiempo (35 Lineamenta para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 20.).

Los protagonistas de la Nueva Evangelización.
La influencia de la fe en la sociedad para que la levadura del Evangelio permee y le dé sentido y sabor a la vida humana, depende en gran parte de la acción de los laicos.

Por ello EIA afirma que son principalmente ellos los protagonistas de la nueva evangelización: La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia (36 EIA, n. 44.).

La vocación y misión propia y específica de los fieles laicos es la transformación de las estructuras temporales, para que la conducta social esté sustentada en los valores evangélicos (37 Cfr. Lumen gentium (LG), n. 31; EIA, n. 27.).

De aquí deriva la importancia de la conciencia y formación laical para que acorde a su identidad, y de manera personal y comunitaria, exprese el testimonio de una vida coherente alas convicciones de fe en los propios ambientes de vida y laborales (38

Los ámbitos en los que se realiza la vocación de los fieles laicos son dos. El primero, y más propio de su condición laical, es el de las realidades temporales, que están llamados a ordenar según la voluntad de Dios.

En efecto, “con su peculiar modo de obrar, el Evangelio es llevado dentro de las estructuras del mundo y obrando en todas partes santamente consagran el mismo mundo a Dios”.

Gracias a los fieles laicos, “la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial, en la diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado.

La secularidad es la nota característica y propia del laico y de su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida familiar, social, laboral, cultural y política, a cuya evangelización es llamado. EIA, n. 44.).

Por ello es indispensable disponer de instancias para la promoción de la vocación laical y para el acompañamiento en su formación y misión en el mundo (39 Cfr. lnstrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 118.).

La Nueva Evangelización y el diálogo con el mundo y las religiones.
En pleno Concilio el Papa Paulo VI afirmó en su primera Encíclica: La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio (40 Ecclesiam Suam (ES), n. 27.).

Hoy día, en un mundo cada vez más plural, el diálogo se abre camino en diferentes ámbitos, los temas que aborda el diálogo en América son entre otros: la Palabra de Dios, la Dignidad Humana, la Familia, la Vida, la Educación, la Ética, la Economía, el Desarrollo de los Pueblos, la Movilidad Humana y en particular las Migraciones, la Solidaridad, la Ecología, la Justicia y la Paz.

En todos los temas la brújula es la Verdad (41 La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad (cf. in 8,32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral. 

Por eso la Iglesia la busca, la an uncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste. Para la Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable. Caritas in Veritate, n.9.).

Las instituciones educativas (42 En el proyecto global de la nueva evangelización, el campo de la educación ocupa un lugar privilegiado.
Por ello, ha de alentarse la actividad de todos los docentes católicos, incluso de los que enseñan en escuelas no confesionales.

Así mismo, dirijo un llamado urgente a los consagrados y consagradas para que no abandonen un campo tan importante para la nueva evangelización …. La familia es el primer espacio educativo de la persona. EIA, n. 71.), sociales y culturales han sido estratégicamente instancias propicias para promover, coordinar y articular la participación de los laicos en el mundo.


Puntos medulares de la Nueva Evangelización.

Principal desafío de la Nueva Evangelización.
Anunciar a Jesucristo con el lenguaje y las formas culturales de las nuevas tecnologías de la comunicación social (43 Cfr.lnstrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, nos. 59 – 62.).


El eje teológico pastoral de la Nueva Evangelización.
Asumir la misión de la Iglesia como la prolongación del dinamismo del misterio de la Encarnación (44

En el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo, más aún, hacia la meta de la “divinización”, a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria. NMI, n. 23.) en el espíritu de la Gaudium et spes (45 Cfr. Gaudium et spes (GetSp), n. 1 y 4.) y según lo señalado en la NMI (46 MNI, n. 3.):

Cada Iglesia local, congregada en torno al propio Obispo, en la escucha de la Palabra, en la comunión fraterna y en la “fracción del pan” (cf. Hch 2,42), está “verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa, cató1ica y apostólica”.

Es especialmente en la realidad concreta de cada Iglesia donde el misterio del único Pueblo de Dios asume aquella especial configuración que lo hace adecuado a todos los contextos y culturas. Este encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el movimiento mismo de la Encarnación.


Responsabilidad de los agentes de pastoral:

1. Conversión pastoral(47 Cfr.lnstrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 88.) y cambio de mentalidad en el Clero, en la Vida Consagrada y en los agentes de pastoral, especialmente promovida por la conciencia de los actuales desafíos sociales y culturales (48 

Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios. DA, n. 44.), y acompañada por la asidua lectura y meditación de la Palabra de Dios (Lectio Divina) (49 

Esta lectura de la Biblia, acompañada de la oración, se conoce en la tradición de la Iglesia con el nombre de Lectio divino, práctica que se ha de fomentar entre todos los cristianos. 

Para los presbíteros, debe constituir un elemento fundamental en la preparación de sus homilías, especialmente las dominicales. EIA, n.31.).

2. La preparación y celebración de la Eucaristía (50 La Eucaristía continúa siendo el centro vivo permanente en torno al cual se congrega toda la comunidad eclesial. 

Los diversos aspectos de este sacramento muestran su inagotable riqueza: es, al mismo tiempo, sacramento-sacrificio, sacramento-comunión, sacramento-presencia. 

La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo vivo. EIA, n. 35.), de los todos servicios cultuales (51 Cfr. Instrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 97.) y de las prácticas religiosas de la piedad popular para que sean espacios e instancias de encuentro con Jesucristo y con los hermanos (52 Cfr. EIA, n. 12.).

3. Pastoral orgánica en participación y comunión en las Diócesis (53 La Diócesis, presidida por el Obispo, es el primer ámbito de la comunión y la misión. 

Ella debe impulsar y conducir una acción pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar vida en el propio territorio. 

Este proyecto, que surge de un camino de variada participación, hace posible la pastoral orgánica, capaz de dar respuesta a los nuevos desafíos. DA, n. 169.) y en las Provincias Eclesiásticas (54 Cfr. EIA, n. 36 y 37.).



Responsabilidad de la comunidad de fieles:

1. Asumir el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia como fundamento de la formación de los fieles (55 

Ante los graves problemas de orden social que, con características diversas, existen en toda América, el católico sabe que puede encontrar en la doctrina social de la Iglesia la respuesta de la que partir para buscar soluciones concretas. 

Difundir esta doctrina constituye, pues, una verdadera prioridad pastoral. EIA, n. 54.).


2. Expresar la vida cristiana comunitaria en la vida discipular de pequeñas comunidades en participación y comunión (56 La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión … La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa. OA, n. 156.).

3. Definir y programar los procesos de formación cristiana (57 Cfr. EIA, n. 34 y 69.) para pedagógicamente conducir alas fieles en los caminos mistagógicos que permiten al creyente entrar en la experiencia del Misterio de Dios (58 Cfr. NMI, n. 32-34.).



Responsabilidad de los laicos en el Mundo:

 1. Asociarse y apoyarse para que en sus propios ámbitos de vida social influyan dando testimonio (59 Cfr. Instrumentum laboris para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo, n. 158.) activo y pasivo de las convicciones de fe y de su identidad católica (60)

Por consiguiente, “los fieles laicos -por su participación en el oficio profético de Cristo- están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia”, y por ello deben sentirse llamados y enviados a proclamar la Buena Nueva del Reino. Las palabras de Jesús: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 4) deben considerarse dirigidas no sólo a los Apostoles, sino a todos los que desean ser verdaderos discípulos del Señor. EIA, n.66.).

2. Procurar el diálogo con las instituciones públicas y privadas para colaborar en la búsqueda del bien común y para generar una cultura (61 Mi predecesor Pablo VI, can sabia inspiración, consideraba que “la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo”. 

Por ello, los Padres sinodales han considerado justamente que “la nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura “. EIA, n. 70.) fundamentada en la dignidad humana (62 

Conviene recordar que el fundamento sobre el que se basan todos los derechos humanos es la dignidad de la persona. EIA, n. 57.).

3. Utilizar las nuevas tecnologías de comunicación para dar a conocer la vida y misión de la Iglesia y para el diálogo con el mundo (63 Es fundamental para la eficacia de la nueva evangelización un profundo conocimiento de la cultura actual, en la cual los medios de comunicación social tienen gran influencia. 

Es por tanto indispensable conocer y usar estos medios, tanto en sus formas tradicionales como en las más recientes introducidas por el progreso tecnológico. EIA, n. 72.).

4. Aprovechar las redes sociales para ofrecer el pensamiento católico y sus respuestas actuales a los desafíos culturales, especialmente con las nuevas generaciones (64 

En realidad, son muchos los jóvenes americanos que buscan el sentido verdadero de su vida y que tienen sed de Dios … La sensación de frustración que experimentan … los hace abandonar frecuentemente la búsqueda de Dios. 

Ante esta situación tan compleja, “la Iglesia se compromete a mantener su opción pastoral y misionera por los jóvenes para que puedan hoy encontrar a Cristo vivo”. EIA, n. 47.).

La Conversión Pastoral se prolonga en la Misión Continental, compromiso asumido en Aparecida por el Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Por eso en América, la Nueva Evangelización se identifica con la Misión Continental.



VIII. TRAS EL SINODO DE LOS OBISPOS

EL CARD. ERDÓ PROPONE REFORZAR EL PAPEL DE LOS LAICOS PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN


6 de noviembre, 2012. (Romereports.com) El Año de la Fe convocado por Benedicto XVI servirá para aplicar muchas de las propuestas que surgieron durante el sínodo sobre la nueva evangelización. Peter Erdö, arzobispo de Budapest fue votado por todos los obispos para representar al continente europeo en el Consejo Permanente del Sínodo sobre la nueva evangelización.




CARD. PETER ERDÖ
Arzobispo de Budapest (Hungría)

“Los puntos principales son, naturalmente, las nociones de la Nueva Evangelización, de las que hablamos desde hace años. 

Pero todas giran en torno a una principal: quién es el sujeto activo de esta nueva evangelización. Nosotros estamos convencidos de que los evangelizadores son Jesucristo y el Espíritu Santo que actúa en la Iglesia”.

Además, el arzobispo de Budapest destaca el papel que  los laicos tienen en la nueva evangelización.

“En nuestra diócesis de Budapest, tenemos 200 sacerdotes diocesanos. Pero yo, personalmente firmo cada año al menos 350 mandatos para profesores de religión, sobre todo para personas que han estudiado Teología y que trabajan en escuelas o parroquias”.

Erdö recordó que el compromiso de recordar el papel de la fe en la vida diaria pasa no sólo por los sacerdotes y las personas consagradas sino especialmente por los laicos, que deben ser los principales protagonistas de la nueva evangelización.


En su opinión, estas son las claves para entender el concepto de la Nueva Evangelización y el Año de la Fe.

CARD. PETER ERDÖ
Arzobispo de Budapest (Hungría)
“Los puntos principales son, naturalmente, las nociones de la Nueva Evangelización, de las que hablamos desde hace años. Pero todas giran en torno a una principal: quién es el sujeto activo de esta nueva evangelización. Nosotros estamos convencidos de que los evangelizadores son Jesucristo y el Espíritu Santo que actúa en la Iglesia”.

Además, el arzobispo de Budapest destaca el papel que  los laicos tienen en la nueva evangelización.

“En nuestra diócesis de Budapest, tenemos 200 sacerdotes diocesanos. Pero yo, personalmente firmo cada año al menos 350 mandatos para profesores de religión, sobre todo para personas que han estudiado Teología y que trabajan en escuelas o parroquias”.

Erdö recordó que el compromiso de recordar el papel de la fe en la vida diaria pasa no sólo por los sacerdotes y las personas consagradas sino especialmente por los laicos, que deben ser los principales protagonistas de la nueva evangelización.


PRESIDENTE DEL CELAM.

LOS CATÓLICOS TIENEN QUE ATREVERSE A REFLEJAR LOS VALORES DE LA IGLESIA.

11 de noviembre, 2012. (Romereports.com) El presidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, Carlos Aguiar, recordó en Roma que la Iglesia debe salir al encuentro de las personas, también de las personas divorciadas, y no quedarse de brazos cruzados esperando a que vengan.

2012-11-11 08:00:00





MONS. CARLOS AGUIAR
Presidente, CELAM

“Ayudar a que los valores del Evangelio, que son los valores de la promoción y formación humana, se hagan presentes en todos los campos de la sociedad”.

El arzobispo mexicano invitó a los cristianos a mostrar estos valores en todos los ámbitos de la sociedad, no sólo en las iglesias. Por eso propuso buscar iniciativas que ayuden a los laicos a transmitir estos valores en sus trabajos, que es donde pasan la mayor parte de su tiempo.

“En los ámbitos de comunicación, otros en los campos de los hospitales, los médicos, enfermeras. Otros en el ámbito de las leyes, los abogados, otros los políticos, economistas, empresarios, los trabajadores asalariados. La escuela, los profesores, tenemos que tener una presencia más dinámica”.

Carlos Aguiar reconoce que la Iglesia no lo tiene fácil. Dice que uno de los principales campos de trabajo es la ayuda a las familias. Y por supuesto, también a las personas divorciadas.

“La Iglesia debe recordar a todos los casados y vueltos a casar que no están fuera de la Iglesia. Son parte de la Iglesia. No están excomulgados. Viven una situación irregular, pero esto no les impide caminar en la fe”.

La mayoría de los latinoamericanos son católicos. Pero Aguiar advierte de que incluso en los países de mayoría católica hay graves problemas. Dice que es peligroso que la gente crea sólo por tradición o costumbre, y no por la fe y por una decisión meditada. Por eso, recomienda a los católicos a vivir el Año de la Fe como un reto personal.



EL AÑO DE LA FE Y EL CATECISMO 

DE LA IGLESIA CATÓLICA


Intro



P. RANIERO CANTALAMESSA, 

OFM Cap.:





Iniciamos un nuevo ciclo de las predicaciones del padre Raniero Cantalamessa OFM Cap, predicador de la Casa Pontificia, que inicia el tiempo litúrgico de Adviento.

1. El libro "comido"

En la predicación a la Casa Pontificia, trato de dejarme guiar, en la elección de temas, por las gracias o los eventos especiales que la Iglesia vive en un momento dado de su historia. Recientemente tuvimos la inauguración del Año de la Fe, el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II, y el Sínodo sobre la nueva evangelización y la transmisión de la fe cristiana. Pensé, por lo tanto, desarrollar en el Adviento una reflexión sobre cada uno de estos tres eventos.

Empiezo con el Año de la Fe. Para no perderme en un tema, la fe, que es tan vasto como el mar, me centro en un punto de la Carta Porta Fidei del santo padre, precisamente allí donde insta a hacer del Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) (en el vigésimo aniversario de su publicación), el instrumento privilegiado para vivir fructuosamente la gracia de este año.

El papa escribe en su Carta:

"El Año de la Fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los maestros de teología a los santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe." 1

No hablaré ciertamente sobre el contenido del CEC, de sus divisiones, de sus criterios informativos; sería como tratar de explicar la Divina Comedia a Dante Alighieri. 

Prefiero hacer un esfuerzo por mostrar cómo hacer para que este libro, de instrumento tan silencioso, como un violín bien apoyado sobre un paño de terciopelo, se transforme en un instrumento que suene y sacuda los corazones. 

La Pasión de San Mateo de Bach, permaneció durante un siglo como una partitura escrita, conservada en los archivos de la música, hasta que en 1829 Felix Mendelssohn en Berlín hizo de ella una ejecución magistral, y desde ese día el mundo se enteró de qué melodías y coros sublimes, estaban contenidos en aquellas páginas que hasta entonces permanecian mudas.

Son realidades muy diferentes, es cierto, pero algo así pasa con cada libro que habla de la fe, como es el CEC: se debe pasar de la partitura a la ejecución, de la página muda a algo vivo que sacuda el alma. 

La visión de Ezequiel de la mano extendida sosteniendo un rollo, nos ayuda a entender lo que se requiere para que esto suceda:

"Yo miré: vi una mano tendida hacia mí, que sostenía un libro enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito “Lamentaciones, gemidos y ayes”. Y me dijo: “Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo, y ve luego a hablar a la casa de Israel.” Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: “Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy.”Lo comí, y fue en mi boca dulce como la miel" (Ez. 2,9-3,3).

El Sumo Pontífice es la mano que, en este año, ofrece de nuevo a la Iglesia el CEC, diciendo a cada su miembro: "Toma este libro, cómetelo, llénate el estómago". ¿Qué significa comerse un libro? 

No es solo estudiarlo, analizarlo, memorizarlo, sino hacerlo carne de la propia carne y sangre de la propia sangre, "asimilarlo", como se hace con los alimentos que comemos. Transformarlo de fe estudiada, a fe vivida.

Esto no se puede hacer con toda la dimensión del libro, y con todas y cada una de las cosas en ella contenidas. No se puede hacer analíticamente, sino solo sintéticamente. 

Me explico. Debemos comprender el principio que informa y une todo, en suma, el corazón del CEC. ¿Y cuál es ese corazón? No es un dogma, o una verdad, una doctrina o un principio ético; es una persona: ¡Jesucristo! "Página tras página --escribe el santo padre a propósito del CEC, en la misma carta apostólica--, resulta que lo que se presenta no es una teoría, sino un encuentro con una persona que vive en la Iglesia."

Si toda la Escritura, como dice Jesús mismo, habla de él (cf. Jn. 5,39), si está preñada de Cristo y si todo se resume en él, ¿podría ser de otro modo para el CEC, que, de las Escrituras mismas, quiere ser una exposición sistemática, elaborada a partir de la Tradición, bajo la guía del Magisterio?

En la Primera parte, dedicada a la fe, el CEC recuerda el gran principio de santo Tomás de Aquino según el cual "el acto de fe del creyente no se detiene ante el enunciado, sino que alcanza la realidad" (Fides non terminatur ad enunciabile sed ad rem)2. Ahora, ¿cuál es la realidad, la "cosa" última de la fe? ¡Dios, por supuesto! Pero no un dios cualquiera que cada uno se retrata a su gusto y voluntad, sino el Dios que se ha revelado en Cristo, que se "identifica" con él hasta el punto de poder decir: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" y "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn. 1,18).

Cuando hablamos de fe "en Jesucristo" no separamos el Nuevo del Antiguo Testamento, no comenzamos la verdadera fe con la llegada de Cristo a la tierra. Si fuera así, sería como excluir del número de creyentes al mismo Abraham, a quien llamamos “nuestro padre en la fe” (cf. Rm. 4,16). 

Al identificar a su Padre con "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" (Mt. 22, 32) y con el Dios "de la ley y los profetas" (Mt. 22, 40), Jesús autentificó la fe judía, mostró su carácter profético, diciendo que ellos hablaban de él (cf. Lc. 24, 27.44; Jn. 5, 46). 

Esto es lo que hace a la fe judía diferente a los ojos de los cristianos, de cualquier otra fe, y que justifica la condición especial de que goza, después del Concilio Vaticano II, el diálogo con los judíos respecto a otras religiones.


2. Kerigma y Didaché

Al inicio de la Iglesia era clara la distinción entre kerigma y didaché. El kerigma, que Pablo llama también "el evangelio", se refería a la obra de Dios en Cristo Jesús, el misterio pascual de la muerte y resurrección, y consistía en fórmulas breves de fe, como la que se puede deducir del discurso de Pedro en el día de Pentecostés: "Ustedes lo mataron clavándole en la cruz, Dios le resucitó y lo ha constituído Señor" (cf. Hch. 2, 23-36), o también: "Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Rm. 10,9).

La didaché indicaba, en cambio, la enseñanza sucesiva a la llegada de la fe, el desarrollo y la formación completa del creyente. Estaban convencidos (especialmente Pablo) que la fe, como tal, germinaba solo en presencia del kerigma. 

Este no era un resumen de la fe o una parte de la misma, sino la semilla de la cual nace todo lo demás. También los cuatro evangelios fueron escritos más tarde, precisamente con el fin de explicar el kerigma.

Incluso el más antiguo núcleo del credo hacía referencia a Cristo, de quien metía en luz el doble componente: humano y divino. 

Un ejemplo de ello es considerado el verso de la Carta a los Romanos que habla de Cristo "nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm. 1,3-4 ). 

Pronto este núcleo primitivo, o credo cristológico, fue incluido en un contexto más amplio como el segundo artículo del símbolo de la fe. Nacen, incluso por exigencias relativas al bautismo, los símbolos trinitarios llegados hasta nosotros.

Este proceso es parte de lo que Newman llama "el desarrollo de la doctrina cristiana"; es una riqueza, no un alejamiento de la fe original. Nos corresponde a nosotros hoy en día --y en primer lugar a los obispos, a los predicadores, a los catequistas--, distinguir el carácter "aparte" del kerigma como momento germinal de la fe.

En una ópera, para retomar la metáfora musical, está el recitado y el cantado; y en el cantado están los "agudos" que conmueven a la audiencia y provocan emociones fuertes, a veces incluso escalofríos. Ahora sabemos cuál es el agudo de cada catequesis.

Nuestra situación ha vuelto a ser la misma que en el tiempo de los apóstoles. Ellos tenían ante sí un mundo precristiano para predicar el evangelio; nosotros tenemos ante nosotros, al menos en cierta medida y en algunos sectores, un mundo poscristiano para reevangelizar. 

Tenemos que regresar a su método, sacar a la luz "la espada del Espíritu", que es el anuncio, en Espíritu y poder, de Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm. 4,25).

El kerigma no es solo el anuncio de algunos hechos o verdades de fe claramente definidas; es también una atmósfera espiritual que se puede crear según lo que se diga, un contexto en el que todo se dispone. Está en el que anuncia, mediante su fe, permitirle al Espíritu Santo crear esta atmósfera.

Entonces, nos preguntamos, ¿cuál es el sentido del CEC? Lo mismo que en la Iglesia apostólica fue la didaché: formar la fe, dándole un contenido, mostrando sus exigencias éticas y prácticas, volviéndola una fe que "actúa por la caridad" (cf. Ga. 5,6). 

Lo clarifica bien un párrafo del mismo CEC. Después de recordar el principio tomista de que "la fe no termina en las formulaciones, sino en la realidad", añade:

"Sin embargo, nos acercamos a estas realidades con la ayuda de las formulaciones de la fe. Estas permiten expresar y transmitir la fe, celebrarla en comunidad, asimilarla y vivir de ella cada vez más"3.

Esta es la importancia del adjetivo "católico" en el título del libro. La fuerza de algunas iglesias no católicas es poner todo el énfasis en el momento inicial, en la llegada a la fe, en la adhesión al kerigma y en la aceptación de Jesús como Señor, visto, todo esto, como un "nacer de nuevo", o como "una segunda conversión". 

Sin embargo, esto puede convertirse en una limitación, si se detiene en eso y todo sigue girando en torno a eso.

Nosotros los católicos tenemos algo que aprender de estas iglesias, pero también tenemos mucho que dar. En la Iglesia católica esto es el comienzo, no el final de la vida cristiana. 

Después de esa decisión, se abre el camino hacia el crecimiento y la plenitud de la vida cristiana y, gracias a su riqueza sacramental, al magisterio, al ejemplo de muchos santos, la Iglesia católica se encuentra en una posición privilegiada para llevar a los creyentes a la perfección de la vida de fe.

El papa escribe en la citada carta Porta Fidei:

"A partir de la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los maestros de la teología a los santos que han pasado a través de los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de las muchas maneras en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina para dar certeza a los creyentes en su vida de fe."


3. La unción de la fe

He hablado del kerigma como del "agudo" de la catequesis. Pero para producir este agudo no es suficiente levantar el tono de la voz, se necesita más. "Nadie puede decir '¡Jesús es Señor!' [¡esto es, por excelencia, el agudo!] sino en el Espíritu Santo" (1 Co. 15,3). El evangelista Juan hace una aplicación del tema de la unción, que se presenta particularmente actual en este Año de la fe. Él escribe:

"Ustedes tienen la unción del Santo, y todos ustedes lo saben [...] La unción que de él han recibido permanece en ustedes, y no necesitan que nadie se lo enseñe. Pero como su unción les enseña acerca de todas las cosas --y es verdadera y no es mentirosa--, como les ha enseñado, permanezcan en él" (1 Jn. 2, 20.27).

El autor de esta unción es el Espíritu Santo, como se deduce del hecho de que en otra parte, la función de "enseñar todas las cosas" es atribuida al Paráclito como "Espíritu de verdad" (Jn. 14, 26). 

Se trata, como escriben diferentes Padres, de una "unción de la fe": "La unción que viene del Santo –escribe Clemente de Alejandría--, se realiza en la fe"; "La unción es la fe en Cristo", dice otro escritor de la misma escuela4.

En su comentario, Agustín dirige en este sentido, una pregunta al evangelista. ¿Por qué, dice, has escrito tu carta, si aquellos a los que te dirigías habían recibido la unción que enseña acerca de todo, y no tenían necesidad de que nadie les instruyese? ¿Por qué este nuestro mismo hablar e instruir a los fieles? Y he aquí su respuesta, basada en el tema del maestro interior:

"El sonido de nuestras palabras golpea el oído, pero el verdadero maestro está dentro [...] Yo he hablado a todos, pero aquellos a los que no habla esa unción, a aquellos que el Espíritu no instruye internamente, se van sin haber aprendido nada [...] Por tanto, es el maestro interior el que realmente enseña; es Cristo, es su inspiración la que enseña."5

Hay una necesidad de instrucción desde fuera, necesitamos maestros; pero sus voces penetran en el corazón solo si se le añade aquella interior del Espíritu. "Y nosotros somos testigos de estos hechos, y también el Espíritu Santo que ha dado a los que le obedecen" (Hch. 5,32). Con estas palabras, pronunciadas ante el Sanedrín, el apóstol Pedro no solo afirma la necesidad del testimonio interno del Espíritu, sino también indica cuál es la condición para recibirlo: la voluntad de obedecer, de someterse a la Palabra.

Es la unción del Espíritu Santo que hace pasar de los enunciados de la fe a su realidad. El evangelista Juan habla de un creer que es también conocer: "Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene" (1 Jn. 4,16). "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn. 6, 69). "Conocer", en este caso, como en general en toda la Escritura, no significa lo que hoy significa para nosotros, es decir, tener la idea o el concepto de una cosa. 

Significa experimentar, entrar en relación con la cosa o con la persona. La afirmación de la Virgen: "Yo no conozco varón", no quería decir que no sé lo que es un hombre...

Fue un caso de evidente unción de fe lo que Pascal experimentó en la noche del 23 de noviembre de 1654 y que fijó con cortas frases exclamativas en un texto encontrado después de su muerte, cosido en el interior de su chaqueta:

"Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos ni eruditos. Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz. Dios de Jesucristo [...] Se le encuentra solamente en los caminos del Evangelio. [...] Alegría, alegría. Alegría, lágrimas de alegría. [...] Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y aquel a quien tú has enviado: Jesucristo".6

La unción de la fe se da generalmente cuando, sobre una palabra de Dios o sobre una declaración de fe, cae repentinamente la iluminación del Espíritu Santo, por lo general acompañado por una fuerte emoción. 

Me acuerdo que un año, en la fiesta de Cristo Rey, escuchaba en la primera lectura de la misa la profecía de Daniel sobre el Hijo del Hombre:

"Yo seguía mirando, y en la visión nocturna, vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido al Hijo del hombre, que se dirigió hacia el anciano y fue presentado ante él. 

Le dieron poder, honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su reino no será destruido" (Dn. 7,13-14).

El Nuevo Testamento, se sabe, ha visto realizada la profecía de Daniel en Jesús; él mismo ante el Sanedrín, la hace suya (cf. Mt. 26, 64); una frase del texto ha entrado incluso en el Credo: “y su reino no tendrá fin”, ("cuius regnum non erit finis").

Yo sabía, por mis estudios, todo esto, pero en ese momento era otra cosa. Era como si la escena tuviera lugar allí, ante mis ojos. Sí, el Hijo del hombre que avanzaba era él, Jesús. 

Todas las dudas y las explicaciones alternativas de los eruditos, que también conocía, me parecían, en ese momento, excusas para no creer. Experimentaba, sin saberlo, la unción de la fe.

En otra ocasión (creo que he compartido ya esta experiencia en el pasado, pero ayuda a entender el asunto presente), asistía a la Misa de Gallo presidida por Juan Pablo II en San Pedro. 

Llegó el momento del canto de la Calenda, es decir, la proclamación solemne del nacimiento del Salvador, presente en el Martirologio antiguo y reintroducida en la liturgia de Navidad después del Concilio Vaticano II:

"Muchos siglos después de la creación del mundo... Trece siglos después del Éxodo de Egipto... En la centésima nonagésima quinta Olimpiada, en el año 752 de la fundación de Roma... 

En el quadragésimo segundo año del imperio de César Augusto, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, después de nueve meses, nació en Belén de Judea, de la Virgen María, hecho hombre".

Al llegar a estas últimas palabras sentí una repentina claridad interior, por lo que recuerdo haber dicho a mí mismo: "¡Es cierto! ¡Es verdad todo esto que se canta! No son solo palabras. El Eterno entra en el tiempo. El último evento de la serie rompió la serie; ha creado un "antes" y un "después" irreversibles; el cómputo del tiempo que antes tenía lugar en relación a diferentes eventos (los Juegos Olímpicos tales, el reino de aquel), ahora se lleva a cabo en relación con un evento único": antes de él, después de él. Una conmoción repentina me atravesó totalmente, y sólo pude decir: "¡Gracias, Santísima Trinidad, y también gracias a ti, Santa Madre de Dios!".

La unción del Espíritu Santo también produce un efecto, por así decirlo, "colateral" en el que anuncia: le hace experimentar la alegría de anunciar a Cristo y su Evangelio. 

Transforma la tarea de la evangelización de solo incumbencia y deber, a un honor y un motivo de gozo. 

Es la alegría que conoce bien el mensajero que lleva a una ciudad sitiada, el anuncio de que el asedio fue levantado; o el heraldo que en la antigüedad corría por delante, para llevarle a la gente el anuncio de una victoria decisiva obtenida en el campo de su propio ejército. La "buena noticia", incluso antes de que al destinatario que la recibe, hace feliz al que la porta.

La visión de Ezequiel del rollo que se come, ha sucedido una vez en la historia en el sentido literal y no solo metafóricamente. Fue cuando el libro de la palabra de Dios ha resumido en una sola Palabra, el Verbo. 

El Padre lo ha portado a María; María lo ha acogido, ha llenado de él, incluso físicamente, su vientre, y luego se lo dio al mundo. Ella es el modelo de todo evangelizador y de todo catequista. 

Nos enseña a llenarnos con Jesús para darlo a los otros. María concibió a Jesús "por obra del Espíritu Santo", y así debe ser en cada predicador.

El santo padre concluye su carta de convocatoria al Año de la fe con una referencia a la Virgen: "Confiamos, escribe, a la Madre de Dios, proclamada "bendita" porque" ha creído" (Lc. 1,45), este tiempo de gracia"7. 

Le pedimos que nos obtenga la gracia de experimentar, en este año, muchos momentos de unción de la fe. "Virgo Fidelis, ora pro nobis." Virgen creyente, ruega por nosotros.

Traducción del original italiano por José Antonio Varela V.

1 Benedicto XVI, Carta apost. Porta Fidei, n.11

2 S. Tomàs de Aquino, Summa theologiae, II-II, 1,2,ad 2; cit. in CCC, n.170.

3 CEC, n. 170

4 Clemente Al. Adumbrationes in 1 Johannis (PG 9, 737B); Homéliies paschales (SCh 36, p.40): testi citati da I. de la Potterie, L’unzione del cristiano con la fede, in Biblica 40, 1959, 12-69.

5 S. Agostino, Comentario a la Primera Carta de Juan 3,13 (PL 35, 2004 s).

6 B. Pascal, Memorial, ed. Brunschvicg.

7 “Porta fidei”, nr. 15.




SEGUNDA PREDICACIÓN
DE ADVIENTO:

El CONCILIO VATICANO II OBRA DEL 
ESPÍRITU SANTO

2012-12-14



RV).- Este viernes de la segunda semana del tiempo de Adviento Benedicto XVI junto a la Curia Romana, asistió -en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico a la segunda predicación de Adviento dictada por el padre capuchino Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa pontificia.

El Concilio Vaticano II, el modo de acceder a su lectura y comprensión a 50 años de distancia de su apertura ha sido el tema en el que el padre Raniero Cantalamessa centró sus reflexiones de Adviento. 

El religioso capuchino puso en evidencia que además de mirar los textos del Concilio para trazar un balance, también se hace necesario reconocer en el mismo Concilio el papel del Espíritu Santo.

Patricia L. Jáuregui Romero - Radio Vaticano / @pjuregui

TEXTO TRADUCIDO AL ESPAÑOL:

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.
Segunda predicación di Adviento

El Concilio Vaticano II: 50 años después
Una clave de lectura

1. El Concilio: hermenéutica de la ruptura y de la continuidad

En esta meditación querría reflexionar sobre el segundo motivo de celebración de este año: el 50º aniversario del Concilio Vaticano II. En las últimas décadas se han multiplicado los intentos de trazar un balance de los resultados del Concilio Vaticano II. No es el caso de continuar en esta línea, ni, por otra parte, lo permitiría el tiempo a disposición. 

Paralelamente a estas lecturas analíticas ha existido, desde los años mismos del Concilio, una evaluación sintética, o en otras palabras, la investigación de una clave de lectura del acontecimiento conciliar. 

Yo quisiera insertarme en este esfuerzo e intentar, incluso, una lectura de las distintas claves de lectura.

Fueron básicamente tres: actualización, ruptura, novedad en la continuidad. Juan XXIII, al anunciar al mundo el concilio, usó repetidamente la palabra «aggiornamento = actualización», que gracias a él entró en el vocabulario universal. 

En su discurso de apertura del Concilio dio una primera explicación de lo que entendía con este término: «El Concilio Ecuménico XXI quiere transmitir la doctrina católica pura e íntegramente, sin atenuaciones ni deformaciones, [...]. 

Deber nuestro no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad, sino dedicarnos también, con diligencia y sin temor, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que recorre la Iglesia desde hace veinte siglos [...]. 

Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo».

Sin embargo, a medida que progresaban los trabajos y las sesiones del Concilio, se delinearon dos facciones opuestas según que, de las dos necesidades expresadas por el Papa, se acentuara la primera o la segunda: es decir, la continuidad con el pasado, o la novedad respecto de éste. 

En el seno de estos últimos, la palabra aggiornamento terminó siendo sustituida por la palabra ruptura. Pero con un espíritu y con intenciones muy diferentes, dependiendo de su orientación. 

Para el a la llamada progresista, se trataba de una conquista que había que saludar con entusiasmo; para el frente opuesto, se trataba de una tragedia para toda la Iglesia. 

Entre estos dos frentes —coincidentes en la afirmación del hecho, pero opuestos en el juicio sobre él—, se sitúa la posición del Magisterio papal que habla de «novedad en la continuidad». Pablo VI, en la Ecclesiam suam, retoma la palabra aggiornamento de Juan XXIII, y dice que la quiere tener presente como «dirección programática». Al inicio de su pontificado, Juan Pablo II confirmó el juicio de su predecesor y, en varias ocasiones, se expresó en la misma línea.

Pero ha sido sobre todo el actual papa Benedicto XVI el que ha explicado qué entiende el Magisterio de la Iglesia por «novedad en la continuidad». Lo hizo pocos meses después de su elección, en el famoso discurso programático a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005. Escuchemos algunos pasajes:
«Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? 

Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. 

Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos. 

Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna.

 […] A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma».Benedicto XVI admite que ha habido una cierta discontinuidad y ruptura, pero ésta no afecta a los principios y a las verdades a la base de la fe cristiana, sino a algunas decisiones históricas. 

Entre éstas enumera la situación de conflictividad que se ha creado entre la Iglesia y el mundo moderno, que culminó con la condena en bloque de la modernidad bajo Pío IX, pero también situaciones más recientes, como la creada por los avances de la ciencia, por la nueva relación entre las religiones con las implicaciones que ello tiene para el problema de la libertad de conciencia; no en último lugar, la tragedia del Holocausto que imponía un replanteamiento de la actitud hacia el pueblo judío.


«Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción. 

Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma».

Si del plano axiológico, es decir, el de los principios y valores, pasamos al plano cronológico, podríamos decir que el Concilio representa una ruptura y una discontinuidad respecto al pasado próximo de la Iglesia, y representa, en cambio, una continuidad con respecto a su pasado remoto.

En muchos puntos, sobre todo en el punto central que es la idea de Iglesia, el Concilio ha querido realizar una vuelta a los orígenes, a las fuentes bíblicas y patrísticas de la fe.

La lectura del Concilio hecha propia por el Magisterio, es decir, la de la novedad en la continuidad, tuvo un precursor ilustre en el Ensayo sobre desarrollo de la doctrina cristiana del cardinal Newman, definido a menudo, también por esto, como «el Padre ausente del Vaticano II». Newman demuestra que, cuando se trata de una gran idea filosófica o de una creencia religiosa, como es el cristianismo, «no se pueden juzgar desde sus inicios sus virtualidades y metas a las que tiende. [...]. 

Según las nuevas relaciones que tenga, surgen peligros y esperanzas y aparecen principios antiguos bajo forma nueva. Ella muda junto con ellos para permanecer siempre idéntica a sí misma. En un mundo sobrenatural las cosas van de otra forma, pero aquí en la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones».

San Gregorio Magno anticipaba, de algún modo, esta convicción cuando afirmaba que la Escritura cum legentibus crescit, «crece con aquellos que la leen»; es decir, crece a fuerza de ser leída y vivida, a medida que surgen nuevas solicitudes y nuevos desafíos por la historia. 

La doctrina de la fe cambia, por tanto, pero para permanece fiel a sí misma; muda en las coyunturas históricas, para no cambiar en la sustancia, como decía Benedicto XVI. 

Un ejemplo banal, pero indicativo, es el de la lengua. Jesús hablaba la lengua de su tiempo; no el hebreo, que era la lengua noble y de las Escrituras (¡el latín del tiempo!), sino el arameo hablado por la gente. 

La fidelidad a este dato inicial no podía consistir, y no consistió, en seguir hablando en arameo a todos los futuros oyentes del Evangelio, sino en hablar griego a los griegos, latín a los latinos, armenio a los armenios, copto a los coptos, y así siguiendo hasta nuestros días. Como decía Newman, es precisamente cambiando como a menudo se es fiel al dato originario.

2. La carta mata, el espíritu de la vita.
Con todo el respeto y la admiración debidos a la inmensa y pionera contribución del cardenal Newman, a distancia de un siglo y medio de su ensayo y con lo que el cristianismo ha vivido entretanto, no se puede, sin embargo, dejar de señalar también una laguna en el desarrollo de su argumento: la casi total ausencia del Espíritu Santo. 

En la dinámica del desarrollo de la doctrina cristiana, no se tiene en cuenta suficientemente: el papel preponderante que Jesús había reservado al Paráclito en la revelación de esas verdades que los apóstoles no podían entender en el momento y para conducir a la Iglesia «a la verdad plena» (Jn 16, 12-13).

¿Qué es lo que permite hablar de novedad en la continuidad, de permanencia en el cambio, si no es precisamente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia? Lo había entendido perfectamente san Ireneo cuando afirma que la revelación es como un «depósito precioso contenido en una vasija valiosa que, gracias al Espíritu de Dios, rejuvenezca siempre y hace rejuvenecer también a la vasija que lo contiene». 

El Espíritu Santo no dice palabras nuevas, no crea nuevos sacramentos, nuevas instituciones, pero renueva y vivifica constantemente las palabras, los sacramentos y las instituciones creadas por Jesús. No hace cosas nuevas, pero, ¡hace nuevas las cosas! La insuficiente atención al papel del Espíritu Santo explica muchas de las dificultades que se han creado en la recepción del Concilio Vaticano II. 

La tradición, en nombre de la cual algunos han rechazado el concilio, era una Tradición donde el Espíritu Santo no jugaba ningún papel. Era un conjunto de creencias y prácticas fijado una vez para siempre, no la onda de la predicación apostólica que avanza y se propaga en los siglos y que, como toda onda, sólo se puede captar en movimiento. 

Congelar la Tradición y hacerla partir o terminar en un cierto punto, significa hacer de ella una tradición muerta y no como la define Ireneo, una «Tradición viva». 

Charles Péguy expresa, como poeta, esta gran verdad teológica:
«Jesús no nos ha dado palabras muertas que nosotros debamos encerrar en pequeñas cajas (o en grandes),y que debamos conservar en aceite rancio... Como las momias de Egipto.

Jesucristo, niña, no nos ha dado conservas de palabras que haya que conservar.

Sino que nos ha dado palabras vivas para alimentar... De nosotros depende, enfermos y carnales,hacer vivir, alimentar y mantener vivas en el tiempo esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo».

En seguida hay que decir, sin embargo, que también en el lado del extremismo opuesto las cosas no iban de modo distinto. Aquí se hablaba gustosamente del «espíritu del Concilio», pero no se trataba, lamentablemente, del Espíritu Santo. 

Por «espíritu del Concilio» se entendía ese mayor impulso, valentía innovadora, que no habría podido entrar en los textos del Concilio por las resistencias de algunos y de los compromisos necesarios entre las partes.

Querría tratar ahora de explicar lo que me parece que es la verdadera clave de lectura neumatológica del Concilio, es decir, cuál es el papel del Espíritu Santo en la actuación del Concilio. 

Retomando un pensamiento audaz de san Agustín a propósito del dicho paulino sobre la letra y el espíritu (2 Cor 3,6) San Tomás de Aquino escribe:
«Por letra se entiende cualquier ley escrita que queda fuera del hombre, también los preceptos morales contenidos en el Evangelio; por lo cual también la letra del Evangelio mataría, si no se añadiera, dentro, la gracia de la fe que sana».

En el mismo contexto, el santo Doctor afirma: «La ley nueva es principalmente la misma gracia del Espíritu Santo que se da a los creyentes». Los preceptos del Evangelio son también la nueva ley, pero en sentido material, en cuanto al contenido; la gracia del Espíritu Santo es la ley nueva en sentido formal, porque da la fuerza para poner en práctica los mismos preceptos evangélicos. Es la que Pablo define como «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rom 8, 2),

Éste es un principio universal que se aplica a cualquier ley. Si incluso los preceptos evangélicos, sin la gracia del Espíritu Santo, serían «letra que mata», ¿qué decir de los preceptos de la Iglesia, y qué decir, en nuestro caso, de los decretos del Concilio Vaticano II? 

La «implementación», o la aplicación del Concilio no tiene lugar, por lo tanto, de manera inmediata, no hay que buscarla en la aplicación literal y casi mecánica del Concilio, sino «en el Espíritu», entendiendo con ello el Espíritu Santo y no un vago «espíritu del concilio» abierto a cualquier subjetivismo.

El Magisterio papal fue el primero en reconocer esta exigencia. Juan Pablo II, en 1981, escribía:
«Toda la labor de renovación de la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha propuesto e iniciado tan providencialmente —renovación que debe ser al mismo tiempo “puesta al día” y consolidación en lo que es eterno y constitutivo para la misión de la Iglesia— no puede realizarse a no ser en el Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su luz y de su virtud».3. 

3.¿Dónde buscar los frutos del Vaticano II
¿Ha existido, en realidad, esto «nuevo Pentecostés»? 
Un conocido estudioso de Newman, Ian Ker, ha puesto de relieve la contribución que él puede dar, además de al desarrollo del Concilio, también a la comprensión del post-Concilio. A raíz de la definición de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I en 1870, el cardinal Newman fue llevado a hacer una reflexión general sobre los concilios y sobre el sentido de sus definiciones. 

Su conclusión fue que los concilios pueden tener a menudo efectos no pretendidos en el momento por aquellos que participaron en ellos.

Estos pueden ver mucho más en ellos, o mucho menos, de lo que sucesivamente producirán tales decisiones. 

De este modo, Newman no hacía más aplicar a las definiciones conciliares el principio del desarrollo que había explicado a propósito de la doctrina cristiana en general. 

Un dogma, toda gran idea, no se comprende plenamente si no después de que se han visto las consecuencias y los desarrollos históricos; después de que el río —por usar su imagen— desde el terreno accidentado que lo ha visto nacer, descendiendo, encuentra finalmente su lecho más amplio y profundo.

Ocurrió así a la definición de la infalibilidad papal que en el clima encendido del momento pareció a muchos que contenía mucho más de lo que, de hecho, la Iglesia y el Papa mismo dedujeron de ella. 

No hizo ya inútil cualquier futuro concilio ecuménico, como alguno temió o esperó en el momento: el Vaticano II es la confirmación. 

Todo esto encuentra una singular confirmación en el principio hermenéutico de Gadamer de la «historia de los efectos» (Wirkungsgeschichte), según el cual para comprender un texto es preciso tener en cuenta los efectos que haya producido en la historia, al integrarse en esta historia y dialogando con ella. 

Es lo que sucede de forma ejemplar en la lectura espiritual de la Escritura. Ella no explica el texto sólo a la luz de lo que lo ha precedido, como hace la lectura histórico-filológica con la investigación de las fuentes, sino también a la luz de lo que lo ha seguido; explica la profecía a la luz de su realización en Cristo, el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.

Todo esto arroja una singular luz sobre el tiempo del post-Concilio. También aquí las verdaderas realizaciones se sitúan quizás en una parte diferente hacia la que nosotros mirábamos. 

Nosotros mirábamos al cambio en las instituciones, a una diferente distribución del poder, a la lengua a utilizar en la liturgia, y no nos dábamos cuenta de lo pequeñas que eran estas novedades en comparación con lo que el Espíritu Santo estaba obrando. 

Hemos pensado romper con nuestras manos los odres viejos y nos hemos dado cuenta de que eran más resistentes y duros que nuestras manos, mientras que Dios nos ofrecía su método de romper los odres viejos, que consiste en poner en ellos el vino nuevo. Quería renovarlos desde dentro, espontáneamente, no asaltándolos desde el exterior.

A la pregunta de si ha habido un nuevo Pentecostés, se debe responder sin vacilación: ¡Sí! ¿Cuál es su signo más convincente? La renovación de la calidad de vida cristiana, allí donde este Pentecostés ha sido acogido. 

Todos están de acuerdo en considerar como el hecho más nuevo y más significativo del Vaticano II los dos primeros capítulos de la Lumen gentium, donde se define a la Iglesia como sacramento y como pueblo de Dios en camino bajo la guía del Espíritu Santo, animada por sus carismas, bajo la guía de la jerarquía. La Iglesia como misterio y no solamente institución.

Juan Pablo II ha lanzado nuevamente esta visión haciendo de su aplicación el compromiso prioritario en el momento de entrar en el nuevo milenio .Nos preguntamos: ¿de dónde ha pasado esta imagen de Iglesia de los documentos a la vida? ¿Dónde ha tomado «carne y sangre»? ¿Dónde se vive la vida cristiana según «la ley del Espíritu», con alegría y convicción, por atracción y no por coacción? ¿Dónde se tiene la palabra de Dios en gran honor, se manifiestan los carismas y es más sentida el ansia por una nueva evangelización y por la unidad de los cristianos?

La respuesta ultima a esta pregunta sólo la conoce Dios, pues se trata de un hecho interior que acontece en el corazón de las personas. Tendríamos que decir del nuevo Pentecostés lo que Jesus decía del reino de Dios: “Ni se dirá: Vedlo aquí o allá, porque, mirad, el Reino de Dios ya está entre vosotros” (Lc 17,21). Sin embargo, es posible discernir algunos signos, ayudados también por la sociología religiosa que se ocupa de estos fenómenos. 

Desde este punto de vista, la respuesta que se da a aquella pregunta desde varias partes es: ¡en los movimientos eclesiales! Pero hay que precisar una cosa en seguida. 

De los movimientos eclesiales forman parte, si no en la forma sí en la sustancia, también esas parroquias y comunidades nuevas, donde se vive la misma koinonia y la misma calidad de vida cristiana. 

Desde este punto de vista, movimientos, parroquias y comunidades espontáneas no deben ser vistos en oposición o en competencia entre sí, sino unidos en la realización, en contextos diferentes, de un mismo modelo de vida cristiana. 

Entre ellas se deben enumerar también las denominadas «comunidades de base», al menos aquellas en las que el factor político no ha tomado la ventaja al factor religioso.

Sin embargo, es necesario insistir en el nombre correcto: movimientos «eclesiales», no movimientos «laicales». La mayor parte de ellos están formados, no por uno solo, sino por todos los componentes eclesiales: laicos, ciertamente, pero también obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas. 

Representan el conjunto de los carismas, el «pueblo de Dios» de la Lumen gentium. Sólo por razones prácticas (porque ya existe la Congregación del clero y la de los religiosos) se ocupa de ellos el «Pontificio Consejo de los laicos».Juan Pablo II veía en estos movimientos y comunidades parroquiales vivas «los signos de una nueva primavera de la Iglesia». 

En el mismo sentido se ha expresado, en varias ocasiones, el papa Benedicto XVI. En la homilía de la Misa crismal del Jueves Santo de 2012 dijo:
«Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en momentos llenos de vida y que hace casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo».

Hablando de los signos de un nuevo Pentecostés, no se puede dejar de mencionar en particular, aunque sólo fuera por la amplitud del fenómeno, a la Renovación Carismática, o Renovación en el Espíritu. 

Cuando, por primera vez, en 1973, uno de los artífices mayores del Vaticano II, el cardinal Suenens, oyó hablar del fenómeno, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas, y esto es lo que relata en sus memorias:
«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que pudiera manifestarse de manera sorprendente. 


Estaba particularmente interesado en la noticia del despertar de los carismas, por cuanto el Concilio había invocado un despertar semejante». Y esto es lo que escribió después de haber comprobado en persona y vivido desde dentro dicha experiencia, compartida mas tarde por millones de otras personas:
«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecían hacerse vivos y convertirse en parte del presente; lo que era auténticamente verdad en el pasado, parece que ocurre de nuevo ante nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que siempre está actuando, tal como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia». 

Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades no realizan por cierto todas las potencialidades y las esperas del Concilio, pero responden a la mas importante de ellas, al menos a los ojos de Dios. 

No son libres de debilidades humanas y a veces de fracasos, pero ¿cual grande novedad ha hecho su aparición en la historia de la Iglesia de manera diferente? ¿No pasó lo mismo cuando, en el siglo XIII, hicieron su aparición las ordenes mendicantes? También en esta ocasión fueron los Romanos pontífices, sobre todo Inocencio III, quienes por primeros acogieron la novedad del momento y animaron el resto del episcopado a hacer lo mismo.

4. Una promesa cumplida 
Entonces, nos preguntamos, ¿cuál es el significado del Concilio, entendido como el conjunto de los documentos producidos por él, la Dei Verbum, la Lumen gentium, Nostra aetate, etc.? ¿Los dejaremos de lado para esperar todo del Espíritu? 

La respuesta está contenida en la frase con la que Agustín resume la relación entre la ley y la gracia: «La ley fue dada para que se buscara la gracia y la gracia fue dada para que se observara la ley».

Por tanto, el Espíritu no dispensa de valorar también la letra, es decir, los decretos del Vaticano II; al contrario, es precisamente él quien empuja a estudiarlos y a ponerlos en práctica. 

Y, de hecho, fuera del ámbito escolar y académico donde ellos son materia de debate y de estudio, es precisamente en las realidades eclesiales recordadas anteriormente donde son tenidos en mayor consideración.

Lo he experimentado yo mismo. Yo me liberé de los prejuicios contra los judíos y contra los protestantes, acumulados durante los años de formación, no por haber leído Nostra aetate, sino por haber hecho yo también, en mi pequeñez y por mérito de algunos hermanos, la experiencia del nuevo Pentecostés. 

Después descubrí Nostra aetate, igual que descubrí la Dei Verbum después de que el Espíritu hizo nacer en mí el gusto por la palabra de Dios y el deseo di evangelizar. 

Pero yo sé que el movimiento es en los dos sentidos: algunos de la letra ha sido empujados a buscar el Espíritu, otros del Espíritu han sido empujados a observar la ley.

El poeta Thomas S. Eliot escribió unos versos que nos pueden iluminar en el sentido de las celebraciones de los 50 años del Vaticano II:«No debemos detenernos en nuestra exploración y el fin de nuestro explorar será llegar allí de donde hemos partido y conocer el lugar por primera vez».

Después de muchas exploraciones y controversias, somos reconducidos también nosotros a allí de donde hemos partido, es decir, al acontecimiento del Concilio. 

Pero todo el trabajo alrededor de él no ha sido en vano porque, en el sentido más profundo, sólo ahora estamos en condiciones de «conocer el lugar por primera vez», es decir, de valorar su verdadero significado, desconocido para los mismos Padres del concilio.

Esto permite decir que el árbol crecido desde el Concilio es coherente con la semilla de la que ha nacido. En efecto, ¿de qué ha nacido el acontecimiento del Vaticano II? Las palabras con las que Juan XXIII describe la conmoción que acompañó «el repentino florecer en su corazón y en sus labios de la simple palabra concilio», tienen todos los signos de una inspiración profética. 

En el discurso de clausura de la primera sesión habló del Concilio como de «un nuevo y deseado Pentecostés, que enriquecerá abundantemente a la Iglesia de energías espirituales» .A 50 años de distancia sólo podemos constatar el pleno cumplimiento por parte de Dios de la promesa hecha a la Iglesia por boca de su humilde servidor, el beato Juan XXIII. 

Si hablar de un nuevo Pentecostés nos parece que es por lo menos exagerado, vistos todos los problemas y las controversias surgidos en la Iglesia después y a causa del Concilio, no debemos hacer otra cosa que ir a releer los Hechos de los apóstoles y constatar cómo no faltaron problemas y controversias ni siquiera después del primer Pentecostés. ¡Y no menos encendidos que los de hoy!

[Traducción de Pablo Cervera Barranco]


JMP+











  



































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